EL JUEGO DE LA FORTUNA: DECISIONES ARRIESGADAS

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De pronto, los deportes profesionales de conjunto parecían ser víctimas de una excesiva comercialización: se llegó a creer que los partidos se ganaban con la cartera, más que con el talento individual puesto al servicio del grupo. En algunos casos se sigue pensando así. Pero el asunto no es tan simple, afortunadamente; de lo contrario, se perdería toda posibilidad de afición y los resultados quedarían predestinados por el poder económico. Ejemplos a la mano: en el fútbol americano, un equipo del pueblo como los Empacadores de Green Bay terminan ganando el Súper Tazón, mientras que en nuestro fútbol, el equipo con más recursos no se cansa de hacer el ridículo.
Si hay un elemento que mantiene la atención sobre los partidos es la esperanza de ver cómo un equipo chico derrota al grande: repetir siempre que sea posible la derrota de Goliat frente a David y así seguir creyendo en la fuerza de lo imprevisible, en la posibilidad de cambiar el estado de las cosas. Claro que nunca cae mal un duelo entre un par de Goliats. Las épicas deportivas han sido retomadas por el cine una y otra vez: cuando todo está en contra, de pronto surge el corazón y la humildad que vence a la arrogancia.
De ahí que una película como El juego de la fortuna (Moneyball, EU, 11) llegue a refrescar al género del cine deportivo: una mirada distinta al héroe que sigue sus convicciones pero no para ganar, sino para transformar la manera de entender, en este caso, al beisbol: ya no se trata de armar equipos con la chequera o a partir de criterios absurdos como si la novia del jugador en cuestión está guapa para de ahí deducir la autoestima. Y para ello, por qué no recurrir a la también discutible estadística proporcionada no por un reclutador de 30 años de experiencia, sino por un tímido gordazo recién salido de la carrera de economía de Yale.
Basada en la biografía Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game de Michael Lewis, con impecable guión de los especialistas ya cotizadísimos Aaron Sorkin y Steven Zaillian, producida e interpretada con brío por Brad Pitt y dirigida por Bennett Miller (La travesía, 98), quien ganara notoriedad con Capote (05), la película sobre la vida de Billy Beane, prometedor pelotero al fin mediocre y gerente aventurero que le cambió la lógica al armado de equipos en las Grandes Ligas, termina siendo una reflexión mesurada sobre la capacidad de arriesgarse por una idea, sortear los obstáculos, triunfar en un sentido y fracasar en otro, como suele suceder en la vida.
A la manera de quien gusta ir a contracorriente como veíamos en El nuevo entrenador (Hooper, 09), sobre el tipo que se aventuró a dirigir efímeramente al Leeds United en el fútbol inglés y que tampoco veía los partidos, o en Juego de viernes en la noche (Berg, 04) con la recreación de la figura clave del coach, el gerente de los Atléticos de Oakland estaba dispuesto a buscar justicia en un deporte que se estaba haciendo injusto: frente a la estrategia corporativista de los Yankees, armar un equipo con jugadores cuyas cualidades no estaban a la vista de todos y que funcionarían en conjunto.
Wally Pfister, fotógrafo habitual de Christopher Nolan, consigue establecer un elusivo contraste entre las tomas de estadio con las de espacios más cerrados, entre oficinas, vestidores y pasillos, utilizando una iluminación precisa. La notable edición, insertando flashbacks y secuencias reales, colabora en definitiva a construir tanto al personaje como el interés paulatino, basándose en una lógica más conversacional que de acción. La banda sonora con esos silencios emocionales, violentamente interrumpidos por el grito de los aficionados, involucra en el suspenso incluso a quien nunca ha visto un juego completo.
El director recurre a un par de conocidos de su anterior film: Mychael Danna, quien aporta el refuerzo a ciertos estados de ánimo a partir del score, cuya partitura central funciona como motivo reiterado en momentos de toma de decisión o de consecuencias inesperadas, y el gran Philip Seymour Hoffman, acá como el antipático entrenador en jefe al fin mandado una jugada clave para el récord; como en intensa lección bien aprendida, Jonah Hill se sale de sus papeles habituales y nos regala una brillante interpretación como el geniecillo detrás del monitor.
Este hombre aún está buscando su Campo de sueños (Robinson, 89), que al parecer no estaba en el mítico Fenway Park de Boston. Entre la escucha de la canción que le dedicó su hija, única persona con la que parece mantener un vínculo afectivo, y la construcción de una visión que pueda seguir incidiendo en cambiar la mirada sobre este deporte que se sostiene a pesar de sus problemas, como se vio en el caso de corrupción de la Serie Mundial de 1919, recreado Eight Men Out (Sayles, 88), la pelota caliente no deja de ser lanzada.

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