EL ÁRBOL DE LA VIDA: CONEXIONES VITALES

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Las búsquedas inician y terminan con la insistente pregunta del bíblico Job: “¿Dónde estabas?” Un grito en forma de cuestionamiento que se lanza desde un presente remoto para integrarse en un cercano pasado, casi de origen cósmico, que transcurre entre nebulosas apabullantes similares al interior del cuerpo humano; criaturas prehistóricas por fenecer y danzantes seres marinos; subsuelos explosivos o en plena ebullición; paisajes de inacabada belleza poética y una incesante caída de agua que parece servir como vehículo para el transcurrir de la duda ancestral.
Terrence Malick ha realizado cinco películas en casi 40 años y pasó 20 sin dirigir; se trata de un hombre que prefiere hablar a través de sus obras y que nos remite a la imagen del artista aislado y ajeno a los reflectores, entregado a su labor que con El árbol de la vida (The Tree of Life, EU, 11) alcanza una total madurez después de sus dos obras de los años setenta (Tierras malas, 73; Días de gloria, 78) y sus sendas revisiones a los significados personales del belicismo y a las implicaciones del encuentro de cosmovisiones en La delgada línea roja (98) y Nuevo mundo (05), respectivamente.
Ahora, confabulándose con la sensible cámara-pincel de nuestro compatriota Emmanuel Lubezki, en recorridos continuos por los espacios de aperturas infinitas, y con la omnipresente música de Alexandre Desplat, dos artistas en sus respectivos campos al servicio del arte cinematográfico, Malick escribe y dirige una historia de alcances teológicos para cuya recepción, dada la estructura narrativa de alta volatilidad y propensión al exceso, es necesario estar en un calmo estado anímico que nos permita integrarnos con su universo de nexos invisibles pero al fin intuidos.
Es un filme que transcurre en cuatro momentos imbricados: de la infancia definitoria, de la adultez incierta, de un futuro anhelado y de un estadio atemporal de reflexiones que escapan a la lógica terrenal, inmiscuyéndose en una especie de realidades intermedias o paralelas si se quiere, en las que los encuentros son posibles incluyendo el contacto físico al final reivindicador, cual especie de danza celebratoria porque las respuestas extraviadas en los confines de la galaxia parecen haber encontrado mística respuesta.
Un arquitecto (Sean Penn en silencio) rememora su infancia contrastante al filo de la soledad existencial, en ámbitos de modernidad urbana que colindan con parajes rocosos cuyo tránsito parece imprescindible para encontrar la posibilidad de la certeza: un marco de madera pudiera ser la entrada a ese mar de personas y gaviotas en disposición permanente para coincidir en perdones e intenciones. La revisión de sus propios orígenes se conectan, acaso involuntariamente, con el del universo total, en concordancia con 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 68).
Entre la severidad del religioso padre militar con aspiraciones musicales, intentando generar fortaleza en sus hijos (Brad Pitt, también productor), y la dulzura acallada de la madre solo resplandeciente ante la ausencia del marido (Jessica Chastain), el hijo en plena etapa de ubicar su lugar en el mundo (Hunter McCracken) se enfrenta al fuerte conflicto interno de los deseos culposos: matar al padre, proteger a la madre, aceptar a los hermanos, rebelarse frente a lo establecido.
Todo el proceso de nacimiento, desarrollo y eclosión familiar con pasajes que reflejan los detalles al interior del hogar -las comidas, las discusiones, la hora de dormir, el acompañamiento musical- y la apertura a realidades que no pueden ser controladas, se van desdoblando a partir de una edición que se bifurca en una narrativa tradicional y otra que, sustentada en compositores clásicos, parece adoptar un principio más caótico, extraviándose en los cuatro tiempos mencionados de la estructura argumental en forma casi azarosa.
De la vida íntima de una familia como muchas en Texas durante los cincuentas, con sus problemáticos desencuentros, sus momentos de algarabía y las pérdidas dolorosas, nos conectamos con las fuerzas que gravitan por encima de nuestras cabezas. Una mano que acaricia superficialmente la hierba mientras el simbólico árbol parece elevarse cada vez más hacia un cielo infinito, allá donde vive Dios y “cantan las estrellas del alba” (Job, 38: 4,7).
Así, vemos lances de un lirismo conmovedor que invitan a formar parte de él, entre impulsos corales que no cejan en su intento de acompañar las dudas en off; los destinos de los personajes cual arena que se lleva el viento orientador, y un matiz poético que estalla en las configuraciones estelares para entender, después del dolor y la frustración, que la mirada se puede poner en lo eterno para no quedarse atrapada en la inmediatez.
Un ático recurrente cuya ventana advierte una posibilidad de salida, un columpio cíclico y una máscara que flota en el océano revelador: las ramas apuntan hacia el cielo con la confianza que implica tener raíces sólidas, aunque a veces sea necesario cortarlas para poder transitar hacia territorios donde puedan existir nuevos cuestionamientos. Una obra maestra.

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