PETER GABRIEL ORQUESTAL

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Como si entrara a la sala de su casa, el maestro saludó a un sorprendido auditorio completamente iluminado que todavía se estaba acomodando en las butacas. Sin mayores aspavientos y tras agradecer al respetable, presentó a sus dos jóvenes cantautoras que interpretaron sendas canciones a manera de aperitivo, con solo guitarra en mano y vocalizaciones que adelantaban la calidez del acompañamiento a las canciones del ex Genesis y a una que otra versión.
El escenario combinaba los tintes clásicos propios de la distribución orquestal con apoyos visuales que tanto ha trabajado Peter Gabriel, uno de los innovadores primigenios en el terreno de los conciertos, junto a David Bowie, cuya clásica Heroes sirvió para que el creador del sello Real World abriera la puesta en escena con un tono de sobriedad envolvente que anticipa en aquello que nos podríamos convertir durante la noche. Ahí estaban, en una sola canción, dos monstruos de la historia del rock.
El poder de la orquesta dio su primera muestra con la denuncia sobre la tortura desplegada a través de Wallflower, una de esas grandes canciones que por alguna razón había quedado un poco al margen: de esta forma se abría la vertiente política del concierto y los creativos arreglos empezaban a construir atmósferas variopintas, como se confirmó en la relectura de Après Moi, canción original de Regina Spektor basada en un incisivo piano, acá convertida en intenso tejido de cuerdas dislocadas.
Las búsquedas en la oscuridad transcurrieron a partir de Intruder y San Jacinto, con la acostumbrada teatralidad de Gabriel quien, al igual que en su último concierto por estos lares, leyó en español algunas ideas previas sobre las canciones como la historia del rito iniciático apache, permitiéndose alguna que otra broma y empleando la creatividad para que con recursos sencillos –el espejo reflejante de la luz- el espectáculo fuera integral.
Un par de pantallas a los lados, un trío al frente y una especie de marquesina, encuadraban el escenario abundantemente poblado por la New Blood Orchestra, en esta ocasión integrada por músicos londinenses y mexicanos, dirigidos por un larguirucho encopetado de enérgica simpatía, e interpretando los arreglos de John Metcalfe. Después de estos momentos salpicados de un logrado juego de iluminaciones y edición frenética en la cámara, apareció Secret World, una de las más bellas piezas que interpretada con base en cuerdas, devela justamente otro tipo de misterios.
El tramo más personal surgió con Father Son, en honor a su padre por cumplir el siglo de vida, quien aparecía en las pantallas del fondo: un claro ejemplo de emotividad genuina. Con las jóvenes vocalistas alternando, los grupos de cuerdas en intensidad creciente o sensibilidad a tope, según el caso, los metales de uno y otro lado en conversación cíclica, un Peter Gabriel al natural –sin los instrumentos de costumbre- acometía con la profundidad del caso Signal to Noise, sin la abrasiva vocal de Nusrat Fateh Ali Khan, pero con la fortaleza de las cuerdas que lo acompañaban.
Como para bajar un poco la tensión, continuaron Downside Up con un respetuoso diálogo vocal y Diggin in the Dirt, con todo y sus gusanos en espera de la comida del día, para dar paso a Mercy Street, dedicada a la poetisa Anne Sexton, y a The Rhythm of the Heat, con sus explosiones de alta temperatura y que permitió al sexagenario artista total mostrar que eso de mantener la voz no pasa tanto por la edad física, sino por el estado mental.
La parte final entroncó con el álbum So (86) como eje principal, complementada con algunas clásicas infaltables. Red Rain abrió este segmento con la fuerza de costumbre, que dejó paso a la belleza inobjetable y sencilla de Solsbury Hill con los golpes del corazón en todo lo alto. Con mención a las recientes rebeliones en África, Biko mantuvo el tamiz de homenaje político y nos dejó, junto a la orquesta, finalizarla un poco a nuestra manera. La vela puede apagarse, pero el fuego ya quedó encendido para siempre.
Una contenida versión de In Your Eyes antecedió a Don’t Give Up en la que la joven contraparte femenina, a pesar de tener el peso de Kate Bush, encontró su propia voz para vincularse con un exquisito cierre, cortesía del contrabajo. Y para mandarnos a dormir, como bien dijo este viejo sabio ya instalado en el piano, qué tal The Nest That Sailed the Sky, como para terminar de navegar por este intrincado y a la vez reconfortante paseo por los caminos de la reinvención: hacer lo mismo, pero de manera diferente. Sangre nueva, pero sangre al fin.
Como bien dijo Leslie, ir al concierto fue como viajar a un sueño, rodearte de un grupo de duendes y de un par de elfas para estar bajo el cielo un momento y dejar que nos inunde. Dos horas sublimes más las que el recuerdo permita.

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