MEDIANOCHE EN PARÍS: NO TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR

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Se le puede criticar de reiterativo o de ya no estar a la altura de sus mejores obras de los 70´s y 80´s; se puede argumentar que sus obsesiones ya están demasiado vistas y que su vis cómica ha menguado notablemente. Pero cuando parecería que ya lo ha dicho todo y que más bien debería pensar en el retiro, nos vuelve a sorprender con una gran película dentro de su compulsiva trayectoria que desde 1966 nos ha regalado casi un film al año: 42 obras y contando.
Si por cada cinco filmes nos regala cuatro agradables y uno notable, adelante. Que ya no va a volver a hacer películas La última noche de Boris Grushenko(75), Annie Hall (77), Manhattan (79) o Zelig (83), qué importa, si vamos a poder disfrutar de cintas tan redondas como Crímenes y pecados (89), Poderosa Afrodita (95) y Match Point (05), por mencionar algunas posteriores a su etapa más creativa: el genio permanece, aunque no se manifieste con la misma constancia que antaño.
Muy pocos artistas son capaces de mantenerse en un estándar de realización como el que conserva Woody Allen: aún en sus propuestas menos apreciadas, uno siempre suelta alguna sonrisa o se queda con una línea de diálogo para la posteridad. Influido por los Hermanos Marx y por Ingmar Bergman, entre otros grandes nombres, el director de Robó, huyó y lo pescaron (69) e Interiores (78) ha transitado del terreno de la comedia crítica al drama cerebral.
Medianoche en París (EU-Francia, 11), cuya primera auto referencia es La rosa púrpura del Cairo (85), llega después de Así pasa cuando sucede (09) y Conocerás al hombre de tus sueños (10), ya comentadas en este espacio, y representa su mejor comedia en los últimos 15 años, no solo por la ingeniosa premisa del viaje por el tiempo, sino por las caracterizaciones de los diferentes personajes, tanto reales como ficticios, que se encuentran en un mundo posible pero improbable, buscando lo mismo pero oteando hacia diferentes horizontes.
Un escritor en busca de inspiración y de paso preparar su boda, viaja a la capital francesa junto a su frívola novia cual turista típica de postal que rehúye a la lluvia (Rachel McAdams) y sus republicanos suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), unas verdaderas joyitas de criterio disminuido e intolerancia ampliada, capaces de contrata a un detective para seguir a su sospechoso yerno.
Muy pronto la pareja toma caminos distintos: ella se encandila con un insufrible conocido dizque experto en arte (Michael Sheen) que fastidia hasta a la amable guía de turistas (Carla Bruni) y él empieza a deambular en las noches para descubrir la posibilidad de viajar no a otro lugar, sino al mismo París pero de los años veintes, en plena ebullición creativa, capturado con una cámara siempre bien colocada y desarrollado a partir de una evocativa puesta en escena.
A través de un misterioso automóvil que lo recoge a la medianoche, el escritor hará realidad su sueño: toparse de frente con la inspiración buscada, materializada en artistas arquetípicos como la pareja Fitzgerald; Cole Porter al piano; la bailarina Josephine Baker; Picasso en pos de la trascendencia; Hemingway y su tendencia a la agresión; Gertrude Stein cual matriarca comunitaria junto a Alice B. Toklas; T.S. Eliot y Matisse.
No podía faltar un encuentro con los surrealistas, sobre todo tratándose de una historia en la que los sueños parecen jugar un papel central: Dalí y su obsesión con los rinocerontes, el director fílmico Man Ray y, desde luego, un joven de apellido Buñuel que todavía no se planteaba la posibilidad de crear una película en la que los invitados no se pudieran ir de la fiesta, simplemente porque no se podían ir: la referencia, claro, apuntaba hacia el argumento de El ángel exterminador (62), una de sus películas más notables.
Y en estos viajes por el pasado artístico, aparece el interés romántico en la figura de una modelo ficticia (Marion Cotillard) amante del pintor cubista y convertida en un motivo poderoso para querer permanecer atrapado en los veintes del siglo pasado, aunque como cabría esperar, ella también tendría la intención de ir al pasado del pasado y toparse con Toulouse-Lautrec, Degas y Gauguin. No podía faltar el sólido cuadro actoral, cual sello de la casa, entre quienes aparece Owen Wilson en perfecta interpretación de Woody Allen.
La comedia romántica-fantástica se pregunta por las épocas y sus circunstancias, por la idealización continua de pasados que nunca volverán y por la dificultad de encontrar el sentido en el tiempo presente, donde a uno le tocó vivir. Como esa idea que parte del supuesto de que la felicidad está en otra parte o con personas distintas o realizando otras actividades. Quizá valdría la pena encontrar a alguien que disfrute un paseo bajo la lluvia, sin paraguas.

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