FESTIVAL RADAR

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Primero fue parte del Festival de México y ahora, con el apoyo de la UNAM, se plantea más que como un renacimiento, como una nueva etapa. Si aquí en León destacan los esfuerzos ciudadanos por mantener los circuitos abiertos del arte contemporáneo (léase FLAI), allá fue la Dirección General de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México la que le entró al quite para mantener esta dinámica fiesta de los sonidos y silencios, alejada de las tendencias predominantes y abriendo oportunidades a otro tipo de manifestaciones musicales, más cercanas a la experimentación.
Del 27 de septiembre al 2 de octubre se abren los canales auditivos para escuchar diversas propuestas que desafían las convenciones melódicas, armónicas y rítmicas para buscar caminos alternos a la sensibilidad sonora: maleabilidad y ruptura, improvisación y extremismo para crear nuevos significados en las experiencias estéticas de los escuchas, dispuestos al desafío que implica transitar de los terrenos conocidos a otros que pueden deparar epifanías auditivas. Una rápida mirada a algunos de los artesanos que participarán.

MORTON SUBOTNICK
Nacido en Los Ángeles hace 78 años e interesado desde hace 55 en los vínculos entre la música y las herramientas tecnológicas digitales, tiene entre sus múltiples logros haber grabado el primer disco de música electrónica para una compañía disquera reconocida: el resultado fue Silver Apples of the Moon (67) obra clave en el desarrollo ulterior del género y editada por la prestigiosa Nonesuch; seguirían Until the Spring (68) y The Wild Bull (68), piezas que han servido de base a sendos ejercicios coreográficos. El trabajo de la década de los sesenta concluiría con Touch for synthetizer (69).
El co-fundador del San Francisco Tape Music Center junto a Ramon Sender, en el que rondaban compositores como Terry Riley y Steve Reich, continuó durante los setenta grabando obras como Sidewinder (1971) Four Butterflies (1973) A Sky of Cloudless Sulfur (76), escritas para instrumentos tradicionales entreverados con apuntes digitales y utilizando 4 pistas y el sintetizador Buchla, en cuyo diseño se vio involucrado.
Con Two Life Histories (77), Liquid strata (77), A Fluttering of Wings for string quartet (1979) y, sobre todo, Ascent into Air (81) desarrolló la tecnología conocida como Ghost Score, a través de la cual podía modular sonidos en vivo con apoyo de un programa computacional. A través de manipulación sonora, sintetizadores arreglados, secuencias que rompen con la idea tradicional de melodía, sin patrones fijos y por momentos con rítmica asequible como para darnos un respiro, aparecieron An Arsenal of Defense (1982), Return A Triumph of Reason (84), The Key to Songs (85), Jacob’s Room (1986) In Two Rooms (87) y And the butterflies begin to sing (1988).
Constituido como uno de los patriarcas del ruidismo como forma de manifestación, y del corta y pega como estrategia constructiva, mantuvo ese juego temporal entre el uso de computadoras primigenias y laptops, aventurándose en la creación de CD-Roms como en All My Hummingbirds Have Alibis (1991), Morton Subotnick’s Creating Music (95), Echoes From the Silent Call of Girona (98) y Gestures it begins with colours, surround piece (99-01), en algunas de las cuales ha colaborado con sus vocalizaciones Joan La Barbara, esposa del explorador sonoro.

NOBUKAZU TAKEMURA
Pinchadiscos en sus inicios cercano al Hip-Hop a partir de la mitad de los ochenta y de ahí empezó a explorar atmósferas diversas que van del acid jazz al house y de ahí a la estética del glitch (uso de artefactos sónicos). Debutó en solitario con Child´s View (94) al que le siguió un remix y Child & Magic (97), aún enmarcados en rítmicas alrededor del dance y con cierta tendencia a ubicarse en los clubes de cierta sofisticación.
El cambio de ruta empezó justo cuando el siglo se extinguía, entrando en contacto con la banda Tortoise y presentando un triplete que lo colocó en la mira de vanguardistas auditivos: Funfair (99), Milano (99) y el rocoso e intransigente Scope (99), una de sus obras más importantes y que más exige del escucha en términos de profundización para desentrañar los intrincados patrones que lo conforman. Lindando las fronteras entre lo que se puede considerar música y aquello que se plantea como ruido, el artista japonés transita por esta línea divisoria tan delgada como discutible.
Para hacerse presente en el XXI, grabó Hoshi No Koe (01) y otro triplete para el año siguiente: Water’s Suite (02), Animate (02) y Assembler 1 (02), seguidos por el engañosamente accesible 10th (03) y por Assembler 2 (03). El originario de Osaka está en plena actitud de indagación a sus 43 años, integrando alternativas sonoras que lo lleven a descubrir nuevos derroteros para su desarrollo como artista.

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