El ROCK SALTA A LA PISTA DE BAILE

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Un grupo que vive una reciente adultez y otro que cumple sus diez años en el circuito nos hacen los honores esta semana: enfocados a públicos de edades y gustos si no antagónicos, sí distintos, comparten la idea del dance desde perspectivas que se podrían ubicar dentro de un continuum que va de principios de los noventa, cuando el rock y la música de club no se llevaban muy bien, a la primera década del siglo XXI, ya en plena integración y produciendo retoños de alto voltaje.

PRIMAL SCREAM: ACIDEZ PARA LAS NOCHES DE CLUB
Mediados de los ochenta. El baterista de Jesus and Mary Chain conocido como Bobby Gillespie forma su propia banda junto a los guitarristas Andrew Innes y Robert Young; con una orientación más cercana al hard rock, graban Sonic Flower Groove (87) y Primal Scream (89) sin mayores resonancias en comparación a contemporáneos como los Stone Roses: parecía que se estuvieran guardando para hacer verdad la vieja frase de “la tercera es la vencida”.
Screamadelica (91) es “el disco que cambió la cara del rock en los noventa y que puso de manifiesto que la música era un mundo de fronteras borrosas y los estilos, simples arcaísmos de conveniencia… tuvo el mismo efecto que tirar una piedra en el centro de un estanque” (Pablo G. Polite, en Los 200 mejores discos del siglo XX, 2002). Se trata de esos álbumes que son más recordados por su trascendencia que por sus canciones en sí mismas, desde luego de una riquísima consistencia, como se muestra desde la stoniana Movin’on Up hasta la cerradora Shine Like Stars, pasando por Loaded y demás cortes de efusiva orientación.
En efecto, una primera escucha de esta obra en los tiempos que corren, puede confundirnos: suena a un disco actual, sólido y celebratorio, pero no del todo diferente a lo que podría circular en los 2000’s: por ello, hay que fijarse en el año y comparar con lo que se estaba haciendo previamente. Es más, si recordamos otros discos de principios de los noventa, nos daremos cuenta de que este álbum clave de los escoceses formó parte de un importante proceso de innovación e integración entre la electrónica y el rock, pareja que ha seguido estable y dinámica, si cabe, hasta nuestros días.
Tras este álbum ya inscrito entre los más influyentes de la historia del rock, volvieron inexplicablemente a sus inicios con Give Out But Don´t Give Up (94) para recomponer el camino ya como quinteto con Vanishing Point (97) y su versión Echo Deck (97): mismas canciones pero pasadas por las manos y orejas de Adrian Sherwood. Todo listo para su segunda obra maestra, el macizo y contundente XTRMNTR (00), como avisando que para el nuevo siglo ellos no estaban jugando: aunque no tuvieran dinero, tenían alma, cual exterminador acelerado; el combustible todavía alcanzó para Evil Heat (02), con todo y sus abrasivos acordes.
Riot City Blues (06) los devolvió al terreno stoniano y Beautiful City (08), a pesar de mostrar fisuras, cuenta con algunos cortes de validez oficial; o quizá fue un ejercicio para tomar vuelo y volver a dar otro grito primigenio que se incruste en nuestras memorias. En su presentación en México le rendirán un homenaje a su obra cumbre ya convertida en toda una veinteañera.

LADYTRON: GRAVITACIONES SINTETIZADAS
Con una propuesta que combina el pop de sintetizador con influjos provenientes del New Wave, este cuarteto mixto formado en Liverpool hacia finales del siglo pasado con nombre que homenajea a Roxy Music, ha recorrido toda la década de los 00’s con la suficiente frescura para distinguirse del cúmulo de bandas que andan en las mismas. Su primer largo, titulado 604 (01), los puso en la mira con esa mezcla de elementos diversos que van del sonido de cabaret a la contenida experimentación y de ahí al pop de espíritu digital.
Siguieron con el más elaborado Light & Magic (02) y con Softcore Jukebox (03), colección de cortes que parecían mostrar por dónde andaban sus principales influencias, entre quienes estaba My Bloody Valentine y toda la corriente del shoegaze, caracterizada por la forma de tocar viendo a los zapatos y las envolventes atmósferas guitarreras autoalimentándose. Hacia allá suena Witching Hour (05) disco que representó, por su parte, el punto más elevado de su trayectoria, continuada por el oscuro Velocifero (08).
Gravity the Seducer (11), es una obra que marca el regreso a los sondios del sintetizador con formato pop. Los teclados crean cascadas auditivas y a la vez melodías que se conducen a través de las vocales en femenino: Helen Marnie, Mira Aroyo, Daniel Hunt y Reuben Wu parecen haber encontrado una estructura orgánica en la que cada parte funciona de acuerdo a las necesidades estéticas del conjunto, en continua revisión y movimiento.

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