LA CURA ESTÁ AL ALCANCE DE LA MANO

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Personajes a punto de perderlo todo. Las alternativas más cercanas son las más difíciles de ver porque están frente a nuestras narices y la mirada suele posarse en las grandes perspectivas o de plano ensombrecerse, sin posibilidad de enfocar las soluciones a la mano, usualmente las más efectivas. Cambios inesperados e indeseables en la rutina a la que se quiere volver, depresiones inclementes o la necedad oculta de seguir transitando una ruta que no ofrece sino decepciones, parecen conjugarse para bloquear los posibles procesos de crecimiento o reajuste. Veamos.

SALIRSE DE UNO MISMO, PERO NO DEMASIADO
La depresión es un enemigo implacable: su invisibilidad y su capacidad para insertarse tanto en el aparato psicológico como en el físico, la convierte en una fuerza maligna que mientras más inexplicable, más letal. Las curas pueden tomar varias formas pero no siempre funcionan: incluso alguna que sirvió en el pasado, puede ser que ahora no lo haga. Así es la enfermedad: como un mutante que se transforma para permanecer ahí, fastidiando la vida del sujeto y de quienes lo rodean.
Dirigida por la famosa actriz angelina Jodie Foster (Mentes que brillan, 91), en tono de drama familiar con sus respectivos claroscuros, Mi otro yo (The Beaver, EU, 11) sigue a un hombre casado con dos hijos y dueño de una juguetería que heredó de su padre, se encuentra sumergido en una aguda crisis depresiva por motivos que no aparecen de manera clara en la superficie. Su esposa intenta ayudarlo mientras sigue con su chamba de diseño ingenieril, su vástago menor lo extraña mientras es víctima de bullying y el mayor, una especie de clon de Cyrano de Bergerac postmoderno, lo evade por temor a parecerse a él, al tiempo que empieza a enamorarse de una compañera.
Ante la insostenible situación, deja la casa y se encuentra en un bote de basura a un castor de juguete, que funciona inesperadamente como un objeto para el desplazamiento de la pulsión de muerte. Como si se tratara de una especie de freudiano superyó punitivo o un álter ego que en un principio se convierte en tabla de salvación, la marioneta con forma de castor empieza a suplir al hombre ahora en franca recuperación, pero cada vez más dependiente de la marioneta de peluche que habita en su mano.
El desarrollo argumental intenta romper la estructura clásica del conflicto, al menos en su secuenciación, y permite que las tribulaciones de los personajes se planteen con la suficiente profundidad. Destaca de manera particular la mirada sobre la relación padre-hijo, la renovada actitud empresarial y el análisis de los procesos de sanación, que raramente siguen una línea ascendente y en pocas ocasiones resultan definitivos.
Una funcional dirección y una eficiente edición colaboran para que tanto diálogos como situaciones acompañadas de música pertinente, en un adecuado ejercicio de síntesis que quizá impida profundizar, muevan nuestras emociones. Mel Gibson consigue la actuación de su carrera en un doble papel lleno de matices, con todo y esa particular situación en la que el actor casi se interpreta a sí mismo, mientras es bien arropado, en todos sentidos, por la directora y por las interpretaciones de los jóvenes Anton Yelchin y Jennifer Lawrence, como la compañera escolar y grafitera de clóset.
Abandonar la jaula de la propia miseria autocomplaciente y atreverse a dejar de pretender para revalorar todo aquello que se convirtió, sin que nos diéramos cuenta, en aburrida rutina o parte del monótono decorado vital.

VOLVER A UNO MISMO, PERO DIFERENTE
Tres soldados con alguna herida física o emocional emprenden el retorno de la Guerra de Irak para reencontrarse con sus vidas o bien empezarlas de nuevo: un hombre casado con un hijo, otro más en pos de reencontrarse con su novia y una joven en busca de la familia de su novio muerto en combate, para devolverles su preciada guitarra. El destino quiso que este improbable trío compartiera el trayecto, prolongado por problemas de transporte y por inesperados eventos que los van poniendo en perspectiva.
Dirigida por Neil Burger (El Ilusionista, 06; Sin límites, 11), Regreso a casa (The Lucky Ones, EU, 08) toma la forma de una road movie en cuanto a su estructura narrativa y al desarrollo de sus personajes, interpretados por Tim Robbins, Michael Peña y Rachel McAdams; además del abordaje de los conflictos individuales, el film se da tiempo para reflexionar sobre el sinsentido de la guerra, como en El mensajero (Moverman, 09), la imagen de los soldados frente a distinto tipo de ciudadanos estadounidenses y los duros procesos de reinserción social.
Con un inteligente desenlace que elude la complacencia, una fotografía que combina con lograda articulación los planos abiertos y las tomas al interior del vehículo, y una puesta en escena reposada pero nunca perdiendo la intensidad, el filme consigue invitarnos a que acompañemos a estos soldados en su travesía más emocional que geográfica.

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