AMORES PERDURABLES

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Un par de películas biográficas que centran su atención no en los personajes más conocidos, sino en las mujeres que los amaron hasta las últimas consecuencias. Hombres contrastantes: un dictador que enferma de poder y un poeta que enferma de sublimación. Mujeres similares: atravesadas por una pasión inocultable que pone en juego incluso la propia sanidad física y mental.
Con todo el riesgo que implica el género dadas sus propias convenciones narrativas y las tentaciones frecuentes cuando se recrea la vida de personas históricas, ambos filmes consiguen envolvernos no solo en las sensaciones de una época, sino en el sufrimiento que implica un romance cuando en verdad se coloca el corazón en la mano. Ambas disponibles en los videoclubes de la ciudad.

PASIÓN FRACTURADA
Dirigida con energía juvenil muy a la italiana por el septuagenario Marco Bellochio (Los puños en los bolsillos, 65; La hora de la religión, 02; Buenos días, noche, 03), La amante de Mussolini (Vincere, Italia, 09), hurga en la existencia de una pasión negada por el sistema autoritario entre una intensa mujer de armas tomar y un joven de arrojo incontenible y liderazgo arrollador: ella era Ida Isler; él, Benito Mussolini, un sindicalista libertario después convertido en aborrecible dictador.
La relación dio como resultado un hijo bastardo extraviado en orfanatos y en su propia mente, y una mujer cegada con la idea de que algún día se iba a reunir con su esposo, ahora solo visible a través de las noticias transmitidas por el cinematógrafo o impresas en el periódico que ella misma financió en el inicio, como para darle presencia política y fuerza económica a su amado, al más puro estilo de El ciudadano Kane (Welles, 41).
El filme es un regreso del director a la principios del siglo XX como en La nodriza (98), pero ahora desde una perspectiva grandilocuente y de estética operística: por la historia que se narra, por el tono utilizado y por el desarrollo de la puesta en escena, siempre acompañada por la música de Carlo Crivelli, por momentos excesiva aunque en general pertinente dada la propuesta argumental y su tratamiento.
La versátil fotografía de Daniele Cipri, con esos encuadres preciosistas impecablemente iluminados, como el de la heroína colgada de la reja, entre muchos otros, nos remite a una continua sensación de injusticia y separación, a un estado de pasiones separadas y de sacrificios místicos –ahí están las secuencias de la crucifixión de Pastrone o la de El chico de Chaplin- desarrollados a partir de una plástica puesta en escena que se desenvuelve a partir de un eficaz empleo de imágenes de archivo, de la elipsis (la nieve, el periódico) y de una reiteración de elementos simbólicos, como la persistencia de la bailarina recluida.
La actuación de la romana Giovanna Mezzogiorno (No digas nada, 05; El último beso, 01) le da una solidez dramática al relato, mientras que Filippo Timi, en doble papel, imita con convicción los tics del Duce, cuyo ascenso y caída funcionan como telón para desglosar la doliente y fracturada pasión de una mujer al fin engañada por casi todos, incluyéndose ella misma: las esporádicas muestras de solidaridad y apoyo serán utilizadas para volver al soliloquio del matrimonio nunca comprobado en papel, aunque siempre presente en la mente laberíntica aún con resistencia.
Las banderas negras cuelgan en Sarajevo: la Europa de las primeras décadas del siglo XX, con toda su carga de nacionalismo convertido en infame justificación bélica; los ideales deshaciéndose entre dictaduras que terminaron superando las atrocidades que pudieran haber reclamado en su momento.

PASIÓN CONTENIDA
Basada en la biografía de Andrew Motion sobre Keats y dirigida por Jane Campion, quien vuelve a los territorios de época como en El piano (93) y Retrato íntimo de una dama (96), El amor de mi vida (Bright Star, RU-Australia-Francia, 09) es un relato como bordado a mano –ahí está la secuencia inicial- acerca del profundo amor que la aspirante a alta costurera Fanny Brawne (Abbie Cornish) va construyendo –y nutriendo por la respuesta obtenida- hacia el enfermizo poeta (Ben Wishaw) entre las veladas resistencias de su propia madre (Kerry Fox) y la insufrible presencia del escritor-protector del melancólico joven con estrella radiante (Paul Schneider), en la primera parte del siglo XIX.
El tono poético cruza la forma y el fondo: cocinado a fuego lento y siempre avanzando en la línea de una casta incertidumbre, el romance va adquiriendo el tono trágico que el caso impone, entre separaciones continuas, esperas cargadas de depresión y reencuentros dubitativos, captados por una fotografía enfática que se constituye como una visualización de la fragilidad apenas vencida por la belleza de los versos que se elevan cual Humo sagrado (99) sobre cualquier enfermedad física o del alma atormentada por la soledad inminente, ya sin Un ángel en mi mesa (93) y padeciendo En carne viva (03) la profunda desdicha de la ausencia definitiva.

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