LA NOCHE DEL DEMONIO: VIAJES CON RETORNO INSIDIOSO

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Género difícil por naturaleza, con lógicas narrativas rígidas y usualmente menospreciado por la crítica especializada, el cine de terror no ha dejado de reflejar los temores de las sociedades del más acá cual espejo del más allá. Ya sea a través de seres fantásticos o malosos de carne y hueso, los filmes procuran generar en el espectador un estado de indefensión, que de pronto puede caer en excesos que terminan en humor involuntario, como para demostrar la vulnerabilidad y fragilidad de la vida misma.
Del maestro Hitchcock al Giallo italiano, de los clásicos de terror de la Warner y del expresionismo alemán al subgénero conocido como Tortura pornográfica, y de ahí al cine oriental y a los seriales del mainstream hollywoodense, este tipo de cine, con todas sus derivaciones que van de la sutileza psicológica a la explosión de vísceras, de pronto parece caer en procesos de estancamiento, advirtiéndose ausencia de renovación y abundancia de repetición de fórmulas que aseguran taquilla pero no necesariamente creatividad.
La noche del demonio (Insidious, EU, 10) es dirigida por el malayo James Wan (Saw: El juego del miedo, 04), quien se ha convertido en puente que conecta el horror oriental con el occidental, considerando los matices según época, país y subgénero. La participación en la producción de Oren Peli (Actividad paranormal, 09) le ha venido a dar ese componente entre esotérico y fantástico al acostumbrado realismo escatológico de Wan, acercando su más reciente propuesta a filmes como Poltergeist: Juegos diabólicos (Hooper, 82).
Escrita por Leigh Whannell (El títere, 09), responsable de los guiones de las tres primeras partes de Saw y acá interpretando a uno de los improbables cazafantasmas que nunca están de acuerdo entre sí, la historia se toma varias licencias que terminan por perdonarse dada la efectividad del argumento, sobre todo en su primera parte, con todo y vuelta de tuerca obligatoria y esperada, según marcan los nuevos cánones del género.
Estamos frente a una familia y una casa en apariencia embrujada. Pronto se van develando causas de los sucesos y las consabidas pistas falsas, escepticismos de rigor y sustos de feria que evitan mantener las palomitas completas. A diferencia de la actitud del protagonista de Sentenciado a morir (Wan, 07) acá el hombre de la casa parece evadirse del problema poniendo de pretexto la revisión de trabajos escolares, al tiempo que su mujer escucha todo tipo de ruidos mientras trata de componer en el piano y cuida al hijo caído en un extraño coma que lo lleva a viajes astrales de dudoso disfrute.
Patrick Wilson y Rose Byrne, de escalofriante delgadez, interpretan con credibilidad al matrimonio en conflicto constante con el más allá que se empieza a traducir en la vida familiar, mientras que Barbara Hershey aparece en la segunda parte revelando secretos junto a una médium que le da un vuelco al desarrollo de la narración: las fotos pueden, ciertamente, revelar la verdadera esencia de las personas.
La cámara se desplaza por los espacios fílmicos para construir acordes atmósferas en función de los momentos del film: ya sea acompañando los andares de los personajes (cual paso por casa de sustos de parque de diversiones) o jugando con el plano-contraplano, de acuerdo a los dos mundos que colisionan en la historia: los del más allá se muestran cada vez más sin pudor alguno, mientras el falsete de Tiny Tim eriza la piel en forma sutil, en contraste con el demonio del título en español, muy parecido, como se ha mencionado, a Darth Maul, señor oscuro de los Sith.
Los fantasmas de Roger Corman y Mario Bava se pasean de manera discreta, como influencias ya incorporadas, mientras que la banda sonora de Joseph Bishara al estilo de Bernard Herrmann (Psicosis, 60), juega su papel disonante como para rendir homenaje y a la vez para apoyar el proceso de poner los pelos de punta. En efecto, esa brusquedad en la aparición del título de la película para abrir y cerrar el film, plantea que estamos frente a una cinta-homenaje (incluyendo el dibujo del villano de la saga Saw en el pizarrón), a una historia de la cual quiere formar parte como un referente importante del nuevo milenio en el que el horror salta fuera de las pantallas.
La artesanía en contraste con el exceso de digitalismo y la ausencia de descuartizamientos frente al aumento de aparecidos que cada vez se esconden menos y recorren la vida de los del más acá, aparece como un recurso constante que pone a prueba primero la atención del espectador y después su ecuanimidad; tanto los maquillajes como las gestualidades (sonrisas, apertura de ojos, sacadas de lengua) operan más en la tradición del cine de horror que buscaba más la inteligencia que la tortura explícita.
La asechanza, que no acechanza, se desglosa cual motivo transversal de los acontecimientos, retomando la apuesta del título original del film: una película tan astuta como insidiosa.

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