EN BUSCA DE LA IDENTIDAD

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No es tan fácil identificar la frontera entre el mero saqueo de ideas y la incorporación de tradiciones musicales para construir una propuesta propia. ¿En qué momento un grupo está simplemente copiando estructuras y estilos y cuándo se está reconociendo como parte de un movimiento que merece la pena ser continuado? No hay nada nuevo bajo el sol, reza el lugar común, pero sin duda hay innovadoras formas de mirar, representar y articular elementos para la recreación musical.
Tres bandas que buscan un lugar en la escena del rock pueden ser un buen ejemplo de recuperación de tradiciones, aunque desde alguna otra perspectiva se pueda argumentar que la música que hacen ya se hizo treinta años atrás. Por lo pronto, han demostrado no ser flor de un disco, sino que mantienen la convicción de expresarse a través de sus canciones, más allá de buscar un resquicio de warholiana fama con 15 minutos de duración. Bienvenidos.

MENTIRAS BLANCAS PARA EL RITUAL
Con la evidente referencia de Joy Division y la acaso más velada influencia de Echo & Bunnymen, el trío londinense conocido como White Lies es un clásico representante del revival postpunk inglés con enfoque melódico: la profunda vocal de Harry McVeigh y sus precisos acordes guitarreros se entreveran con el bajo contundente de Charles Cave, también responsable de unas letras que relatan amores rotos, y con la batería y los teclados de fuerte presencia cortesía de Jack Lawrence-Brown.
Con el sorprendente To Lose My Life (09), muy pronto empezaron a generar esas épicas atmósferas emergidas de una oscuridad que no temía asomarse a ciertos paisajes nublados, mismas que se mantienen intactas en Ritual (11), álbum cual juego de espejos que, sobre todo en su primera mitad, consigue remontarnos a las húmedas calles británicas de principios de los ochenta pero con un sabor a desencanto actual, entre sobresaltos que invitan a levantar la mano.

RITMOS PARA DÍAS SOLEADOS
Amigos desde la infancia, Jonathan Pierce y Jacob Graham se reencontraron después de algunas aventuras musicales y formaron The Drums, junto con Adam Kessler (guitarra) y Connor hanwick (batería), cuarteto inscrito en el ambiente indie pop con tonos pasteles que se entrelazan con melodías evocativas e instrumentación en apariencia sencilla. Se presentaron con el EP Summertime! (09) en cuyo título llevaba la intención, para continuar con The Drums (10) su debut largo que los colocó de inmediato en la atención mediática para acompañar días de campo en la playa y demás actividades a la luz del día: muy pronto se nota que no se trataba de unos recién llegados, sino de músicos ya con trayectoria que habían logrado conjuntar talentos antes un poco más desperdigados.

CORTA, PEGA Y RECREA
Una banda que mutó de unipersonal a trío y que se ha instalado en la fiesta de inicio de milenio con ecos que vienen de años atrás. Tomando parte del sonido francés (Air, Daft Punk, Justice) e insertándose en el movimiento acaso encabezado por LCD Soundsystem y nutrido por bandas como Neon Neon, Hercules Love Affair, Metrnomy y Hot Chip, los de Melbourne han sazonado su propuesta con un poco de rock bailable, música pop escapada de los ochentas con los clásicos pasajes sintetizados y alusiones al disco setentero: he ahí la fórmula, nada novedosa, pero tremendamente efectiva.
Dan Whitford, multiinstrumentista y diseñador, empezó el proyecto cual llanero solitario con el EP Thought of Numbers (01); se sumaron después Tim Hoey (bajo/guitarra) y Mitchell Scott (batería) para darle cuerpo a la idea originaria que desde su nombre, Cut Copy, expresa su propuesta musical. Su primer largo, Bright Like Neon Love (04), invitaba a la pista sin hacerse del rogar ni complicarse la vida. Para reafirmar el rumbo tomado, grabaron Fabriclive.29 (06), una colección de mezclas en vivo que puso a bailar juntos a leyendas como Roxy Music paso a paso con Goldfrapp, y a bandas más cercanas en tiempo como Faint, Presets y Midnight Juggernauts: una ecléctica selección que ya quisiera uno cuando la hace de fallido DJ casero en la reunión de fin de semana.
Con In Ghost Colors (08) terminaron por romper los contornos de su enorme isla y los pudimos conocer acá de este lado del planeta. Con un entramado de quince canciones cuya edición no deja entrar al silencio absoluto, volteamos atrás para reencontrarnos con aquellos años en los que no hacíamos tanto el ridículo en la pista, o no nos dábamos mucha cuenta: conforme gira el disco, se van generando referencias musicales que parecían bien guardadas en el baúl de la dispersa adolescencia. Zonoscope (11), su siguiente disco, busca más versatilidad en texturas y sabores: quizá no acabe siendo tan contundente como su antecesor, pero denota dinamismo creativo y vida más allá de la fiesta nocturna.

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