EL DISCURSO DEL REY O CÓMO ENCONTRAR LA PROPIA VOZ

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La realeza sigue dando material para que los academicistas del cine propongan obras más preciosistas que intensas y más emotivas que rigurosamente históricas. El departamento de diseño artístico se puede dar vuelo con la reconstrucción de escenarios, confección de vestuarios y todo el trabajo de utilería, mientras que algunas actrices y actores se asumen como reyes ya no de la pantalla, sino de un mundo más cercano a la realidad (es un decir).
Casi convertido en subgénero que podríamos bautizar como filmonárquico, usualmente cae en las trampas de la recreación contextual, con sus excepciones, y en buscar la edificación como mensaje transversal de su argumentación, obviando pasajes que hoy no serían políticamente correctos; un poco de maquillaje vital, pues.
Dirigida con manual de Oscar en mano por el londinense Tom Hooper (Red Dust, 04; The Damned United, 09), más cerca de la pantalla chica que del cine, lo que explicaría el tono de serial televisivo con el que construye su cinta, El discurso del rey (GB, 10) recorre la búsqueda de un hombre, atrapado por las circunstancias, para encontrar su propia voz y así darla a conocer a los demás: el asunto aquí es que el susodicho es el Rey de Inglaterra y los demás es todo el pueblo, aunque la recomendación sea que hablara como si se lo dijera a un amigo.
Habría que sumar el momento histórico que le ha tocado vivir: justo el inicio de la Segunda Guerra mundial, situación que requería, como podríamos imaginar, voces de liderazgo, aliento y seguridad; ya no se trata de un discurso navideño más bien ñoño, sino de una declaración de principios y una insuflación de ánimos en tiempos oscuros, rivalizando con un perversamente poderoso orador como Hitler, cuya forma bastaba para convencer, aunque no se le entendiera nada o sus mensajes carecieran de la más elemental lógica argumentativa.
Resulta que el nuevo rey, coronado por la abdicación de su hermano más bien en trance de enamoramiento (puede más una mujer que un trono, por si alguien lo dudaba), padece tartamudez en apariencia incurable, a pesar de las terapias diogenesianas y de ejercitación física; hasta que llega el verdadero héroe: un actor fracasado pero con gran capacidad para aprender de la experiencia, que lo ha llevado a convertirse en un terapista poco convencional del lenguaje. El problema, desde luego, está más anidado en los afectos infantiles que en los cachetes y garganta.
A pesar de que la cinta simplifica el proceso de “cura” de la tartamudez y acaso lo hace ver como un esquemático remedio conductual, la fuerza narrativa radica en la amistad que van construyendo este doctor sin papelito y este rey sin voz. Para tal efecto, Colin Firth nos regala una actuación llena de matices eludiendo tics o chantajes gestuales, siempre en contraparte con un Geoffrey Rush contenido y profundamente empático.
Alrededor, un sólido entramado actoral: Helena Bonham Carter como la esposa-soporte; Guy Pearce en la piel del rey Eduardo VIII que tiró la toalla; Derek Jacobi enfundado en sotana; Timothy Spall como el agudo Churchill y Michael Gambon como Jorge V en sus últimos días. La música, entre juguetona y emotiva, acompaña de manera precisa los diferentes estados de ánimo del film, bien concatenados para construir un discurso narrativo realmente funcional.
La fotografía establece atractivos contrastes entre unos exteriores nebulosos con tímidos rayos solares y unos interiores cuidadosamente acondicionados, al igual que los vestuarios y los detalles de utilería; con distintos ángulos focales y perspectivas en las que caben logrados encuadres de los personajes frente a la pared o close-ups tensionantes, se van secuenciando las escenas que llegan a alcanzar una emotividad cierta: con Beethoven (alemán) como fondo, el momento que le da título al film.
Es una virtud que el filme, criticado ampliamente desde el punto de vista histórico y acaso por su falta de nervio y la ausencia de una mayor contextualización, consiga hacer que te importe lo que le pase a este personaje tan distante de uno, poderoso y frágil a la vez (el rey, no uno): parece que se debe, sobre todo, a la interpretación de Firth, que ha entrado a una muy buen racha actoral con La última vez que vi a mi padre (07); Génova (08); Un hombre solo (09) y la que nos ocupa.
Destaca también la fuerza de la radio en aquellos años, como único vehículo de comunicación en simultáneo entre el rey y el pueblo: de ahí que la voz, quizá más que la imagen, cobraba una importancia mayúscula. A fin de cuentas, tenemos a un hombre ordinario colocado en una situación extraordinaria, esquema que tanto gusta a los filmes que buscan colocar al optimismo como estado de vida deseable. Y así es, pero cómo cuesta trabajo en estos tiempos que corren.

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