SCOTT PILGRIM: COLLAGE DINÁMICO

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En la anterior entrega comentábamos acerca de las tendencias que ha seguido el cine con respecto a la incorporación del cómic o de la novela gráfica como fuente para sus argumentos y propuestas. En la tercera de ellas, podemos ubicar filmes que han buscado rutas alternativas para presentar a los héroes descritos en las historietas, más allá de la pureza absoluta, la doble personalidad, la maldición cargada a cuestas y los trajes de dudosa estética.
Muy al caso, llega una película a tono con los tiempos que viven los jóvenes urbanos, canadienses en este caso, entre las bandas de rock, los romances indefinidos, la dificultad para ubicarse en el mundo de los adultos –laboral y social-, la realidad virtual y los videojuegos, así como las relaciones interpersonales con toda la carga de conflictos y satisfacciones que implican, a tono con Kick Ass (Vaughn, 10)-. Pero también ante la presencia de ideales que pueden llevar a un tipo por completo común a pelear por su amor, sobre todo contra sí mismo, y a mantener los principios artísticos por sobre el tentador contrato de la disquera.
Basada en el cómic del canadiense Bryan Lee O’Malley y dirigida por Edgar Wright, especialista en el juego de trastocar géneros como vimos en El despertar de los muertos (04) y Hot Fuzz (07), Scott Pilgrim vs. los ex de la chica de sus sueños (Scott Pilgrim vs. The World, EU, 10) es un absorbente y desfachatado collage con pinceladas de posmodernidad que combina sin demasiado pudor lenguajes y géneros, construyendo una propuesta innovadora, más allá de gustos personales, que a pesar de su reconocible premisa y su indudable creatividad para la apantallante forma, consigue conectar con el interés del espectador, desde el humor hasta el enredo afectivo con todo y sus apuntes sociales.
Un adolescente tardío como ahora abundan, bajista de una banda de garage pero de casa (Michael Cera, como dibujado por el autor), sueña con una chica en principio inalcanzable que de pronto aparece en la realidad (Mary Elizabeth Winstead), a pesar de haber iniciado un romance con una inocente preparatoriana china (Ellen Wong). Con personajes nombrados a partir de referencias musicales o fílmicas, nuestro improbable héroe iniciará un viaje a las nebulosas atmósferas del amor apoyado por su compañero de cuarto gay (Kieran Culkin), su hermana siempre al teléfono (Anna Kendrick) y sus compinches del grupo, incluyendo a la peculiar baterista (Alison Pill) al borde de la falta de emoción y algún freakie extraviado.
Además de enfrentar su pasado y sus propias fechorías románticas, deberá pelear, si quiere terminar de conquistar a la enigmática recién llegada a la ciudad, con 7 de sus antiguos amores, que incluyen a un bailarín medio farsante, un hígado actor/patineto con múltiples dobles (Chris Evans), un vegetariano súper poderoso tipo el Dr. Manhattan de Los vigilantes (Snyder, 09), unos gemelos orientales de intensos teclados, una dolida escapista y el líder, un insufrible productor musical dueño de antro con todo y pirámide (Jason Schwartzman).
Con peleas al más puro estilo de videojuego -sin sangre de por medio y caricaturescas-, con vidas por recuperar y monedas por amasar, la fotografía de Bill Pope nos permite adentrarnos en la particular mezcla entre ficción y “realidad”, con cierto aspecto propio de las añejamente llamadas “maquinitas” y con pinceladas de las cintas independientes, con la cámara cercana tipo documental y un predominio de tonalidades apagadas, excepto por la cabellera de la susodicha chica de los pesadillescos sueños.
El dinamismo de los desplazamientos de la cámara y la construcción de secuencias a través de la inserción de mil puntos de vista (incluyendo animación ad hoc), obligan a mantenerse atento para no perderse alguno de los detalles que saturan la pupila. La puesta en escena juega con la diversidad de planos en simultáneo y las rupturas a la lógica secuencial provocan entre risas y sorpresas, sobre todo por la capacidad de insertar elementos inesperados aunque siempre pertinentes.
No obstante, la continua presencia de mensajes del lenguaje comiquero, así como la inserción de cortes inesperados en las secuencias, ya sea a manera de flashbacks o de imaginería de los mismos personajes, se van integrando a una narración que consigue imbricar lógicas discursivas de diferentes medios como la historieta, el videojuego, el propio cine y hasta el teatro y la danza, considerando la importante presencia de la música, cortesía de Nigel Godrich (productor de Radiohead y Beck, entre otros).
Un coctel, en síntesis, que funciona en diversos niveles y aunque se podría pensar que es una obra dirigida a jóvenes, en realidad abarca gustos más amplios que disfruten del humor construido a partir de los diálogos y del mismo lenguaje fílmico, así como de las posibilidades que pueden surgir cuando se entreveran fuentes y géneros falsamente excluyentes.

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