LAS CINCUENTONAS 1960

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DE RUBIAS ESCAPISTAS, ASESINOS Y FOTÓGRAFOS

Una fugaz mirada a ciertas películas que cumplen medio siglo de vida, aún con su fortaleza intacta y su trascendencia esparciéndose desde su estreno en 1960. Veamos.

La primera rubia que viene a la mente es, desde luego, Marylin Monroe. Aquel año actuó en La adorable pecadora (EU), filme musical de Goerge Cukor; también se recuerda a Melina Mercouri en la película de Jules Dassin titulada Nunca en domingo (Grecia-EU), encarnando a una desenfadada prostituta y a Kim Novack en el drama de infidelidades Un extraño en mi vida (EU) de Richard Quin. Pero no todas tuvieron la misma suerte o de plano el hecho de tener el cabello claro podría tener otros significados ocultos como en El pueblo de los malditos (Inglaterra), dirigida por Wolf Rilla.
Ejemplo de influencia fílmica como pocos. Una tormenta cual intervención del destino; una mujer con 40,000 dólares buscada y perseguida (Janeth Leigh, asumiendo la maldición de las rubias en las películas de terror); un desvencijado motel con inocuo cuidador (Anthony Perkins, escalofriante) y en la casona, una vieja madre vigilante, en apariencia distante cuyo rostro no vemos sino hasta el final. Elementos básicos retomados de la novela homónima de Robert Bloch para construir Psicosis (EU), una obra maestra que ha sido objeto de secuelas y homenajes fílmicos incluyendo una calca en 1998, cortesía de Gus Van Sant.
Los mecanismos narrativos tanto visuales (edición brusca, manejo de las sombras, perspectivas múltiples), sonoros (la hiriente música de Bernard Hermann) y argumentales (la maestría para desviar la atención continuamente), así como los atrevimientos –la antológica escena de la regadera- y los riesgos asumidos para invitar al espectador a reformular continuamente el curso de los acontecimientos, convirtieron a este clásico de Alfred Hitchcock en un prototipo dentro del género, también alimentado por un trío de cintas clave de aquel año, además de la disparatada La tiendita de los horrores (EU), obra hoy de culto realizada por Roger Corman, quien también filmó La pavorosa casa de Usher (EU), basada en el clásico de Edgar Allan Poe e interpretada por Vincent Price.
En primer término, La máscara del demonio (Italia), obra precursora de horror fantástico dirigida por Mario Bava con base en un relato de Gogol y con la presencia de Barbara Steella vuelta ícono sesentero; la segunda es Ojos sin rostro (Francia-Italia), filme de terror en blanco y negro dirigido por Georges Franju, donde un cirujano enloquece por culpa y, en tercer lugar, una oscura cinta de Michael Powell que supuso un viraje radical de su propuesta no muy bien asimilado, titulada El fotógrafo del pánico (Inglaterra), en la que se presenta a uno de los asesinos seriales mejor construidos en la historia de este tipo de cintas, cargado de ambigüedad y contrastes, de infancia convertida en experimento detonadora de su locura adulta. La cámara se convierte en la perspectiva subjetiva manipulada por el director y el voyeur, en un macabro juego de contrastes.
Un calculador asesino usurpador creado por la mente de Patricia Highsmith fue retomado por René Clément en A pleno Sol (Francia). Alain Delon interpreta al famoso Tom Ripley en un ambiente de disipación continua que se desarrolla en Roma y Salerno: al igual que su personaje, el director galo consigue seducir con esta obra capaz de combinar elementos antagónicos como la amoralidad y la belleza.
Si nos remitimos a la vida mediterránea y los fotógrafos, cómo no recordar la película que le puso nombre a un oficio muy cuestionado (paparazzi) y que a la manera dantesca de los siete círculos, sigue las peripecias de un reportero de espectáculos con aspiraciones serias como escritor (Marcello Mastroiani, sin más) en contextos saturados de banalidad, oropel, conversaciones que se pretenden inteligentes apenas recubiertas por el sonido de fatuas celebraciones, elegantes vestuarios, lentes oscuros y peinados inamovibles que se mantienen imperturbables ante los falsos milagros, los inesperados asesinatos y las escenas de celos.
Dirigida por Federico Fellini y convertida en una de sus obras mayores, La Dolce Vita (Italia) es una oda a la decadencia disfrazada de esplendor, disoluciones de sentidos vitales apenas encontrados en las rupturas melodramáticas y en los encuentros acostumbrados sin rumbo fijo con compañía a modo (Anouk Aimée); en la mítica fuente de Trevi mientras se musitan frases del corazón inentendibles para la destinataria (Anita Ekberg), o en una adolescente cual esperanza de frescura sólo pasa de largo, dejando una sonrisa marcada en la pupila que todo lo ha visto y nada ha mirado.
Para continuar con la tendencia retratista de la sociedad italiana acomodada, otra obra clave de aquel año. Presentada en el Festival de Cannes prácticamente dividiendo a la crítica en dos y dirigida por Michelangelo Antonioni, La aventura (L’avventura, Italia) empezó a ser reconocida tiempo después como una de las más importantes en la historia del cine. Desde el título, estamos frente a una paradoja: la verdadera aventura parece ser del director, no de sus personajes.
Cual mosaico de la ociosa burguesía romana, el film se construye a partir de largos planos de estética parsimoniosa y un misterio que atraviesa transversalmente toda la historia, aunque con importancia descendente y nunca aclarado del todo, a pesar de ciertas imágenes reveladoras: la desaparición de una joven (Lea Massari) durante una excursión en yate, mientras el resto del grupo descendía en un islote tan inerte y monótono como el ambiente reinante. En el viaje se encontraban su novio (Gabriele Ferzetti) y una amiga (Monica Vitti), quienes continúan la búsqueda cada vez con menor interés, al tiempo que va surgiendo entre ellos algo parecido a una atracción, inevitablemente atrapada en telarañas de incomunicación, miradas al vacío, banalidad omnipresente y una decadencia disfrazada con poses de vacua sofisticación.

LA COMEDIA ES COSA SERIA
Billy Wilder, el gran maestro austriaco avecindado en Hollywood, presentó Piso de soltero (EU) sólo para demostrar porqué se le consideraba uno de los irrepetibles del mainstream norteamericano en el terreno de la comedia, género reservado para los grandes. Un empleado solitario e inocuo es reconocido por los jefes gracias a que les presta su departamento para sus aventuras extramaritales. Poco a poco, irá ascendiendo en la escala jerárquica de una de esas empresas laberínticas que pululaban hace medio siglo, hasta que el interés romántico se atraviesa en su camino. Hábilmente construido, el dilema argumental coloca a nuestro hombre común en una encrucijada que excluye la posibilidad de tenerlo todo, como suele suceder en la vida.
Además del notable entendimiento actoral de la pareja protagónica (Jack Lemmon, quien también apareció en Comando del Pacífico de Richard Murphy, y Shirley MacLaine), tanto los diálogos como el desarrollo de situaciones, nos pasean por diversos estados de ánimo sin dejar de apuntar sutilmente los dardos críticos hacia una sociedad de apariencias, más que de transparencias: machismo desbordado; infidelidad como norma aceptada; ascensos laborales por motivos ajenos a la méritos y demás entretelones finamente bordados, sin caer en el panfleto denunciatorio o el abismo del romanticismo artificial.
Entre la comedia y la aventura transcurrió Alaska tierra del oro (EU) de Henry Hathaway, al tiempo que Jerry Lewis debutaba como director con El botones (EU) y participaba en La cenicienta (EU) de Frank Tashin. El shakespereano Laurence Olivier mostraba su enorme rango actoral en El cómico (UK) de Tony Richardson.

REALIZACIONES ÉPICAS
Stanley Kubrick se aventuró en los resbalosos terrenos de las grandes producciones y como su Spartacus (EU), consiguió dejar una lección acerca de la posibilidad de hacer una película sensible, íntima y al mismo tiempo majestuosa. Un sólido guión junto con la poderosa interpretación de Kirk Douglas, siempre rodeado de un solvente reparto, consolidaron un notable trabajo de edición que hace fluir las más de tres horas, y de arquitectura visual con el sello de la casa del obsesivo director. Por su parte, John Sturges retomó a Kurosawa para filmar Los siete magníficos (EU), clásico western con todo y su famosa partitura, género en el que también se desarrolló Cimarron (EU), remake de Anthony Mann. Desde Asia, Mughal-e-Azam (India) fue una costosa producción dirigida por K. Asif en la que las intrigas palaciegas y familiares sustentan una trama alrededor del imperio mogol.
Este año también nos regaló El manantial de la doncella (Suecia) del maestro Ingmar Bergman, quien adaptó una canción de su tierra del siglo XIII: el ambiente medieval y la historia de venganza se sumaron a la capacidad del genial director para construir atmósferas profundas cargadas de reflexiones morales. John Wayne se ponía en la silla de dirección para rodar El Álamo (EU), sobre la batalla en el fuerte texano.

ROMPIENDO LA NUEVA OLA Y CINE NACIONAL
Un año antes nació la famosa propuesta de los directores franceses que desembocó en el llamado cine de autor (aunque éste ya existía si bien no del todo explícito). En 1960, Jean-Luc Godard propuso El soldadito, con una orientación eminentemente política, mientras que Francois Truffaut dirigía Disparen sobre el pianista con Charles Aznavour y Louis Malle hacía lo propio con Zazie en el metro. Coproducida por Italia, este año fílmico es recordado también por La evasión, poderoso film dirigido por Jacques Becker acerca del caso real de un escape de prisión.
Acá en nuestra tierra, La sombra del caudillo, basada en la novela de Martín Luis Guzmán y dirigida por Julio Bracho, se pudo conocer hasta los años ochenta de forma clandestina y se convirtió en el ejemplo prototípico de la censura fílmica en nuestro País, que también produjo Macario de Julio Gavaldón, con todo y toque mortuorio y Simitrio, centrada en la relación de un viejo profesor rural y el niño del título. Otro profesor fue retratado en Shunko (Argentina), cinta de Lautaro Murúa con base en la novela de Abalos y con guión de Augusto Roa Bastos.

REALISMO SIN MAGIA
En Rocco y sus hermanos (Italia), Luchino Visconti colocaba a una familia en el duro trance del campo a la ciudad en busca de la sobrevivencia y en Todo comienza el sábado (Inglaterra), Karel Reisz se sumergía en la clase trabajadora a través de un rebelde y sus líos relacionales. Con base en la novela de Alberto Moravia, la dirección de Vitorio De Sica y la presencia de Sophia Loren y Jean Paul Belmondo, Dos mujeres (Italia) sigue a madre e hija en plena escapada durante la II Guerra Mundial. Con grandes actuaciones encabezadas por Burt Lancaster, Richard Brooks realizó Elmer Gantry, ni bendito no maldito (EU).
Cuando una mujer sube la escalera (Japón) de Mikio Naruse, coloca a una geisha de mediana edad en una importante disyuntiva para su vida: casarse o comprar un bar, ejemplo de un dilema que persiste en muchas sociedades actuales. Y retratando absolutismos puestos en debate, En Heredarás el viento (EU), Stanley Kramer retomó un caso real de un juicio sucedido en 1925 en contra de un maestro por enseñar la teoría darwiniana de la evolución.
Valga como un fugaz y evidentemente panorámico recorrido por el cine de hace cincuenta años, al que habría que agregar más producciones de países tan variados como Hungría (Rangon Alul), Singapur (Antara Dua Darjart) o Rumania (Homo Sapiens).

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