PIXIES O CÓMO TRASCENDER HACIENDO RUIDO

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A diferencia de los seres creados por la mitología británica que gustaban de confundir los caminos de los viajeros o los cantos de los niños, los integrantes del cuarteto bostoniano así llamado se dedicaron, al parecer, a lo contrario: marcar propositivas rutas para el rock de finales de los ochenta y la década de los noventa, tal como se puede advertir en bandas como Nirvana, Smashing Pumpkins, Pearl Jam, Lemonheads, Guided By Voices, Pavement y un sorprendentemente largo etcétera.
En efecto, Pixies es una de esas bandas que han sido más reconocidas en sus influencias que en sus propios discos: caprichos del destino… o de la mercadotecnia. Formados en 1986 por un rebelde marginal llamado Charles Thompson (a.k.a. Black Francis y después Frank Black) junto a la bajista Kim Deal, al guitarrista Joey Santiago y al baterista David Lovering, muy pronto conjuntaron rumbo estético: audaces combinaciones entre la dureza punk y la distorsión en la guitarra cediendo el paso a una protagónica base rítmica que sustentaba, a su vez, secuencias de un pop labrado con inteligencia y contrastado por letras oscuras y complejas (sexualidad, violencia, religión, OVNIS, culturas marginales) más cercanas a la crítica un cuanto tanto críptica que a la rima pegadiza.
Los pasajes explosivos y crudos intercalados con momentos de acústica calma empezaron a configurarse desde Come On Pilgrim (87) miniálbum de ocho cortes que tomó a todo mundo con los dedos en la puerta, sólo para machucarlos aún más con el imprescindible Surfer Rosa (88), obra clave de los años ochenta y pieza fundamental para entender al rock en toda su magnitud. Como si no bastara, Doolittle (89) confirmaba la presencia de un grupo especial: ligeramente más pulido, se convirtió en referencia obligada para todos los que escuchábamos música, así fuéramos metaleros, poperos, darketos, alternativos o punketos (indies y emos no figuraban): para todos había.
Con un discreto toque surf y entrando a los terrenos de la ciencia ficción tipo Ed Wood, presentaron Bossanova (90) para cerrar de tajo con Trompe Le Monde (91), obra que ya quisieran muchos tener en su currículo pero que no estaba a la altura de la leyenda ya establecida por el cuarteto de Boston, que incluía un notable y arriesgado trabajo de arte para sus portadas, vueltas también referencia a seguir. El anuncio de su reunión en el 2004 daba esperanza de nuevo material: por lo pronto, sólo conciertos; por acá los vemos. ¿Se puede pedir más?

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