DESGRACIA: ENTRE EL PERDÓN Y LA VIOLENCIA

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Nada fácil aventurarse a plasmar en imágenes una novela de J.M. Coetzee, sobre todo considerando la fuerza depresiva de sus historias que no obstante atisban cierta esperanza. El director estadounidense-australiano Steve Jacobs (La Spagnola, 02), quien ha trabajado desde una veta experimental, asumió el reto y realizó Desgracia (Australia-Sudáfrica, 08), filme escrito por él mismo junto con su esposa Anna Maria Monticelli, basado en la novela homónima del también escritor de Hombre lento.
De múltiples lecturas que van de los conflictos personales y familiares hasta un desencantado análisis de la realidad postapartheid en la tierra gobernada por Mandela, el texto del premio Nobel se centra en la figura de un profesor blanco de literatura inglesa (acá interpretado con maestría por John Malkovich) que es expulsado de una institución educativa en Ciudad del Cabo, tras admitir con insolencia que en efecto se aprovechó de su posición para seducir a una alumna: los papeles pronto se invertirán y tanto sus ínfulas como su egocentrismo se tendrán que poner a prueba en forma drástica.
Una vez fuera del circuito universitario, decide ir a visitar a su hija en reciente ruptura amporosa (Jessica Haines), quien vive en una comunidad rural donde se respira una tensión latente por la posesión de los terrenos en la que se inmiscuye el componente racial: muchos años de segregación no se olvidan tan fácil, a pesar de la notable política del perdón impuesta por el mandatario sudafricano, abordada de manera tangencial en la cinta En mi tierra (Boorman, 04). Ahí está el simbólico centro de sacrificios de perros para confirmarlo: la rabia no se extermina tan fácilmente, sino que parece resurgir cuando menos se espera.
La cinta retoma con habilidad los trazos centrales de la premisa original expresados sobre todo en la figura del docente caído en desgracia ahora obligado a cambiar de perspectiva: entre la sumisión y la bíusqueda de perdón la línea no es del todo definitiva y los límites ya no son del todo perceptibles, como bien queda planteado en esa acallada lucha por los espacios físicos o en la salvaje violación que sólo puede ser asumida en doloroso silencio, incluso aceptando las consecuencias de toda índole.
A diferencia de la mirada más de carácter celebratorio de Clint Eastwood en Invictus (09) y más cerca de la desolación de Tiempo de perdón (Gabriel, 04), Coetzee-Jacobs lanzan su mirada a una perifera con rasgos de salvajismo a partir de una oportuna combinación de angulaciones de la cámara, con picados y contrapicados en momentos clave y tomas panorámicas que de alguna manera consiguen dibujar un mapa no sólo geográfico, sino más bien relacional en cuanto a los acomodos atropellados para definir las nuevas normas de difícil convivencia.

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