EL ORIGEN: OCASO DE UNA MENTE CON RECUERDOS

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El cine del londinense Christopher Nolan (corto Doodlebug, 97) se ha caracterizado por el abordaje de la pérdida y la dificultad de sobrevivir a ella: del sentido de la acción y las decisiones autónomas en Following (98); de la memoria a corto plazo y de la posibilidad de confiar en Amnesia (00); de la capacidad para dormir y perdonarse en Insomnia (02); de los padres y de una personalidad integrada en Batman inicia / El caballero de la noche (05/08); de la habilidad mágica y la posibilidad de sorpresa en El gran truco (06).
Ahora, en El origen (Inception, 10), la pérdida se relaciona con el sentido de realidad y, paradójicamente, con la capacidad de soñar, condición que conlleva las confusiones propias de los mundos ya no paralelos, sino completamente imbricados con varios niveles de profundidad en continua transformación: imposible preverlo todo como sucedía en Allegro (Boe, 06). El argumento, como cabría esperar, se va desdoblando en diversas capas no sólo temáticas, sino anímicas y cognitivas.
De entrada, vemos que un empleado de una opaca empresa roba-ideas (Di Caprio en su nueva isla siniestra) con un don heredado del padre (Michael Cane, brevemente contundente), se ha metido en líos con un cliente (Ken Watanabe) y con su propia organización, de la que sólo sigue contando con el apoyo de su colega también intruso mental (Joseph Gordon Levitt); el susodicho cliente le ofrece un trato: ingresar al subconsciente del vástago (Cillian Murphy) de su rival empresarial (Pete Postlethwaite), siempre custodiado por su hombre de confianza (Tom Berenger en bienvenido regreso) para insertarle la idea de que destruya el imperio del moribundo padre: a cambio, sus problemas legales desaparecen y podrá regresar con sus hijos de rostro oculto.
De la premisa inicial nos vamos a la conformación de un nuevo equipo entre el que destaca una nueva arquitecta de escenarios (Ellen Page), un camaleónico mercenario (Tom Hardy) y un alquimista posmoderno (Dileep Rao) para encontrarnos en ambientes plagados de laberintos y espejos borgianos; muñecas rusas y tótems salvíficos; escaleras infinitas que conducen a donde no quieres ir; rupturas espacio-temporales de la física newtoniana; defensores a ultranza de la seguridad de las propias profundidades mentales; arquitecturas imposibles de plástica inabarcable y todas las implicaciones de moverse en universos oníricos, en los que no sabes cuándo empiezas y mucho menos, cuándo acabas.
Pero en el fondo, subsiste el drama de un padre extraviado con el alma rota en pedazos dentro de contextos que sólo se desmoronan una y otra vez: acaso sólo sea posible llegar al rompimiento de las olas para de ahí emerger y enfrentar una nueva pesadilla en otro tiempo y en otro espacio, muriendo para despertar, aunque con los mismos obstáculos a vencer: imposible librarse de ellos hasta que se toma la decisión definitiva.
Se deslizan de manera explícita que pudieron ciertamente profundizarse, valoraciones acerca de la ética empresarial; la implantación de ideas a través de estrategias cargadas de manipulación (aquí en forma directa mientras que en la vida se realiza con una sutileza que asusta, a veces disfrazada de educación) de tal manera que sea casi imposible identificar su inicio –como sucede cuando uno sueña- y su papel en las decisiones conscientes, y sobre la fuerza de los eventos dramáticos en la configuración de nuestra pisque: todo un festín sicológico desplegado en clave de thriller cienciaficcional.
Entre peligrosos recuerdos atrapados en el sótano de la mente y nuevas construcciones a partir del clásico oxímoron del inconsciente colectivo, retomando la idea de la inspiración libre de los surrealistas que sólo permite el lenguaje de los sueños, sin el tamiz de la racionalidad, los personajes van y vienen entre capas oníricas para escarbar en sus propias mentes y en las de los demás, siempre en una compleja tensión relacional donde incluso caben salpicadas de humor.
Con un sólido reparto multiestelar, efectos especiales tan absorbentes como pertinentes, tanto visuales como sonoros, edición trepidante cuidando los momentos de explicación/reflexión, fotografía pesadillesca de dinámica inalcanzable con enfático empelo de la ralentización y música omnipresente, Nolan vuelve a mostrar cómo en el mundo de las superproducciones queda espacio para la creatividad y el riesgo: se trata de un director en pleno uso de sus facultades para poder desatarse como si se tratara de un sueño alucinado.
Un hombre luchando contra el Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Gondry, 04) siguiendo una especie de Código 46 (Winterbottom, 03) en Días extraños (Bigelow, 95), busca mantener Más allá de la muerte (Naim, 05) su relación fundamental con la esposa (Marion Cotillard), mientras intenta conservar un mínimo sentido de realidad para no morir en el intento. Uno de los grandes ejemplos de cómo una película puede ser un entretenimiento inteligente. El cine sí es una fábrica de sueños.

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