CINE Y VIDEOJUEGO

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Como una fuente para la realización de películas, sumándose a la literatura, el teatro, la propia realidad y demás (atracción de parque incluida), ha surgido con fuerza el videojuego, en particular si consideramos la fuerte penetración que ha tenido entre los niños y jóvenes primero de condición económica desahogada pero cada vez más llegando a otros sectores. Gracias al sorprendente desarrollo tecnológico y a la creatividad puesta al servicio del diseño, hoy estamos muy lejos de aquellos inicios en los que dos rectángulos le pegaban a un punto como juego de ping-pong.
Entre estos dos medios ha surgido una relación de ida vuelta, como de vasos comunicantes: el cine ha aprovechado algunos videojuegos para confeccionar películas y viceversa, cintas famosas después se trasladan a algunas de las consolas para convertirse en entretenimiento interactivo. El mercado parece buscar cualquier alternativa para no dejarnos escapar: si a los niños (o a sus papás) les gustó mucho una película, seguro le estarán echando el ojo al juego y al revés.
Esta relación no ha estado exenta de problemas, sobre todo por la distinta naturaleza de ambos: mientras que uno es de carácter narrativo –casi siempre- y requiere un involucramiento entre emocional y racional, el otro se basa más bien en la diversión basada en la intervención y participación directa. En efecto, el fuerte de los videojuegos no es su argumento, mientras que la principal virtud de las películas no es precisamente que uno como espectador se asuma como el héroe, aunque nos identifiquemos con él o con ella.
Así, los mejores videojuegos no provienen de películas y las cintas que se han realizado con base en uno de ellos, presentan problemas de solidez argumental y de continuidad narrativa: basta recordar a Lara Croft: Tomb Rider (01), Fantasía final (01), Resident Evil (02/04/07), Oscuridad demoniaca (05), Silent Hill (06) y Max Pyne (08), por mencionar algunos ejemplos de variado nivel de calidad fílmica, más toda la producción japonesa, pionera en el campo.
Todo lo anterior viene a cuento por el estreno de El príncipe de Persia: las arenas del tiempo (Newell, EU, 10), basada en el juego que inició en 1987 y estructurada de tal forma que se retoman elementos cinematográficos típicos de matiné (aventura, acrobacia, romance y heroísmo), dejando la lógica y estética del videojuego sólo en algunos pasajes, más bien evitables. Ben Kingsley y Alfred Molina se dan vuelo en sus exquisitas sobreactuaciones, mientras que Jake Gyllenhaal cambia de su registro habitual y Gemma Arterton cumple como la enigmática princesa. Esquemática, cierto, pero entretenida al fin, con todo y saltos temporales.

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