El ÚLTIMO CAMINO: APOCALIPSIS AHORA

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Encontrarle sentido a una realidad que se resiste a mostrarlo, con la permanente tentación de acabar de una vez con la vida propia y la del único ser querido, convertido en único motivo para seguir adelante hacia un destino tan incierto como el recorrido, tan desesperanzador como los fugaces recuerdos que asaltan los frágiles momentos de descanso. Éste parece ser el trabajo de un sobreviviente a la devastación del mundo, a la pérdida de su esposa y a la débil conexión con la vida.
Cormac McCarty, uno de los grandes escritores norteamericanos vivos –junto a Pynchon, Roth y Ford- escribió La carretera (Mondadori, 07), un crudo relato en el que un padre y su hijo viajan hacia la costa en un mundo desolado, donde el canibalismo se ha vuelto forma de sobrevivencia y la Tierra se resquebraja en pedazos. Un mundo en el que Dios ha guardado silencio, mientras los pocos seres humanos que quedan intentan mantenerse en pie, a costa de los demás o cargando el fuego interno de la esperanza.
La novela se fortalece por las apabullantes analogías, los poderosos y breves diálogos desarrollados entre los dos personajes y una tensión en ascenso. Ahora, el director John Hillcoat presenta El último camino (The Road, 09), filme sumamente respetuoso de su par literario al que consigue, a fin de cuentas, rendirle digno traslado a la pantalla, no obstante la dificultad que implicaba convertir en imágenes las poderosas evocaciones a las que invita el texto escrito: si bien se escapan algunas de ellas, las principales consiguen insertarse funcionalmente, vía voz en off del propio padre.
Apoyado en sentidas actuaciones cortesía de Viggo Mortensen como el estoico padre en la línea del de Sobrenatural (Darabont, 07), y del pequeño Kodi Smith-McPhee, con todo y breves pero elocuentes apariciones de Robert Duvall, Guy Pearce y Charlize Theron, entre la luminosidad y la desesperación, el director estructura su relato como un éxodo continuo sólo interrumpido por flashbacks que despliegan recuerdos de una época imposible de revivir y cada vez más difícil de retener en la memoria.
Una fuerte y desolada escenografía en la que predominan los tonos grisáceos, y una cámara en permanente tensión para abrir el foco de su atención o centrarse en la batalla de poder despertar nuevamente, contribuyen a crear una atmósfera absorbente y estrujante, acentuada por las efímeras notas de Nick Cave y la permanente sensación de cómo se puede seguir adelante en un mundo inundado por el sinsentido.

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