VIDEOPCIONES: REESCRIBIR LA VIDA

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Películas en las que los protagonistas llevan sus existencias a los terrenos pantanosos ya sea de la ficción o del recuerdo, colapsando la débil frontera entre realidad e imaginación. Veamos.

NUEVA YORK A ESCENA
Dirigida por el excelso guionista Charlie Kaufman, regresando a los vericuetos de la identidad de ¿Quieres ser John Malkovich? (99); a la crisis creativa de El ladrón de orquídeas (02), ambas dirigidas por Spike Jonze, y a la confusión profunda entre las realidades de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Gondry, 04), Nueva York a escena (Synecdoche, New York, EU, 09) es una desdoblada representación de la vida de un dramaturgo (Philip Seymour Hoffman, elocuente en el desamparo) en proceso de continua pérdida: ciertas funciones vitales, poder creativo, independencia afectiva y capacidad para distinguir los pedazos de realidad objetiva con los inventados a partir de su condición.
Después de ser abandonado por su esposa (Catherine Keener, bien asumida como pintora de cuadros miniatura), quien además se llevó a su hija, desiste de la adaptación con la que trabajaba e inicia un megalómano proyecto teatral, aprovechando una beca, que terminará confundiéndose con su propia existencia, incluyendo pasajes salidos de su subconsciente, apenas tratados con una terapista más bien interesada en su bestseller (Hope Davis). La muerte, el sexo, la paternidad y los remordimientos, formarán parte integral de la obra sin público atrapada en una bodega cual ejemplo de toda la realidad urbana.
Con notable cuadro de actrices de soporte que acompañan al protagónico (Samantha Morton, Emily Watson, Michelle Williams, Dianne Wiest), Kaufman da rienda suelta a su imaginería tanto argumental como visual, desarrollando una expresiva puesta en escena de la propia obra como del film, apenas distinguiendo una de otra como se supondría coexisten en la cabeza del autoindulgente realizador, dejando a Arthur Miller para entregarse de lleno a su locura y a la de quienes lo rodean.
Una película que se inscribe en las que reflexionan sobre la condición artística (8 ½ de Fellini) y que plantea un delicioso y confuso panorama para el espectador, dadas las posibilidades explicativas en simultáneo que brinda emplear una parte para describir el todo (sinécdoque) y por la forma en la que podemos involucrarnos en esta representación dentro de la representación: jugar con el traslape del tiempo y las etapas vitales; con los personajes y los sujetos a quienes escenifican; con la realidad, en suma, que se configura no sólo a partir de hechos sino de las percepciones que éstos detonan.

MEMORIAS FUGITIVAS
Basada en la novela de Anne Michaels y dirigida por el reaparecido realizador canadiense Jeremy Podeswa (Eclipse, 95; Cinco sentidos, 99), también responsable de capítulos de Six Feet Under, The Tudors, Nip/Tuck, Queer as Folk, Rome y Dexter, entre otras, Memorias fugitivas (Fugitive Pieces, Canadá-Grecia, 07) es una mirada a cómo la culpa infantil, más generada que real, acompaña la vida hasta que se le confronta en la etapa adulta, justo en sus propios territorios.
Con una estructura narrativa que combina el presente con un pasado de fuerte intensidad, la cinta consigue involucrarnos con sensibilidad y tono poético en el abrumador conflicto del protagónico (Stephen Dillane): un niño testigo de la destrucción de su familia a manos de los nazis (Robbie Kay) es rescatado por un hombre vuelto tutor (Rade Serbedzija) que lo lleva a Canadá, donde es acechado por las sombras a pesar de la jovialidad de su novia fugaz (Rosamund Pike) y la presencia de los vecinos, un matrimonio judío con un hijo que se vuelve, a su vez, objeto de sus cuidados (Ed Stoppard), sirviendo de puente para conocer a una curadora definitoria en su vida (Ayelet Zurer).
Porque “el misterio de la madera no es que arda, sino que flote”, el fantasma de la hermana pianista y el regreso a donde todo empezó, lo conducirán entre reflexiones propias en off de emotividad liberadora y sensibilidad beethoviana, a enfrentar sus heridas aún supurantes para atreverse a pensar en la trascendencia vía la paternidad, impulsado por la sensualidad mediterránea, y la escritura, aquí como acto de curación indispensable.

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