SHERLOCK HOLMES: ENTRE LOS PUÑOS Y LOS SESOS

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Después de varios años sin aparecer en la pantalla, el famoso y trascendente detective de finales del siglo XIX está de vuelta. Muchas veces retratado en filmes varios con fuerte referencia a su origen literario y a la imagen elaborada por Sydney Paget, la creación de Arthur Conan Doyle, médico metido a escritor, ahora recibe un tratamiento en el que se buscan destacar cualidades que en las novelas sólo se mencionaban de paso: solvente espadachín, calculador boxeador a puño limpio y pistolero más o menos eficaz; de igual forma, el doctor Watson aparece como un médico con habilidades para el manejo de armas de fuego y la pelea cuerpo a cuerpo.
Dirigida por Guy Ritchie tratando de recuperar el rumbo iniciado con Juegos y trampas (98) y Cerdos y diamantes (00), extraviado con Insólito destino (05) y Revólver (07), y medio retomado con RockNrolla (08), Sherlock Holmes (09) es un estilizado blockbuster que busca imprimirle un toque contemporáneo de héroe de acción a un cerebral y deductivo ícono de la literatura mundial, con los riesgos, limitaciones y posibilidades que ello implica. Es cierto: para todopoderosos con más músculos que neuronas ya estamos hasta aquí (poner la mano en la frente…), pero la decisión suponemos estuvo bastante calculada.
El evidente privilegio de la acción sobre el desarrollo de las situaciones y contextos deriva en una ágil y elusiva puesta en escena, aunque en ello se pierda cierto interés por las motivaciones de los personajes y de pronto su presencia no se sitúe del todo. La femme fattale (Rachel McAdams) no termina por ubicarse –si es que uno no conoce las novelas- y el villano (Mark Strong) parece no encontrar la tridimensionalidad necesaria como para ser memorable y darle algo de batalla a la absorbente interpretación principal.
La estructura narrativa del filme corresponde a la visión que se presenta sobre el protagónico: menos discurso y más movimiento; menos deducción y más golpes, aunque éstos se encuentren muy bien razonados; de hecho, las secuencias que trasladan el pensamiento de Holmes a imágenes con narración en off es de lo mejor de la película: la ruptura de la secuencia y el detenimiento en el proceso mental, paradójicamente le otorgan un bienvenido dinamismo a la historia.
La construcción visual, acaso demasiado digitalizada, remite a un Londres lluvioso y grisáceo, lleno de recovecos que parecen reflejar las mentes de los antagonistas. Con una edición frenética y una fotografía que destila energía, Ritchie busca llevar la historia a los terrenos que él mejor conoce: duelos verbales, violencia callejera, abundancia de personajes, estética por momentos cercana al videoclip y un humor negro que amenaza con aparecer a las primeras de cambio.
Si bien desde una perspectiva visual la recreación de la época no tiene desperdicio, la cinta no consigue capturar –acaso ni lo intenta- el espíritu de finales del XIX ni desarrollar de forma más contundente el contexto social y tecnológico de aquellos años; ciertos apuntes políticos como el énfasis en la idea de que el miedo es la más poderosa de las armas y el duelo entre las racionalidades científica y sobrenatural, terminan por ser elementos que le dan más sustancia al desenvolvimiento de los personajes.
A la nutritiva dirección de Ritchie habría que sumarle su atinado trabajo con los actores principales y los secundarios (incluyendo al siempre efectivo Eddie Marsan y a Kelly Reilly): claro que Robert Downey Jr. y Jude Law quizá no necesiten demasiadas indicaciones pero en el tono que le dan a sus respectivos personajes, se advierte la orientación del director para darle vida al enfoque propuesto en el guión de Michael Robert Johnson y secuaces, esquemático si se quiere pero al cabo funcional y llamativo, en particular por las pequeñas vueltas de tuerca insertadas con sutileza.
Se entiende la decisión de omitir el consumo de drogas de Holmes en pos de mantener una clasificación más amplia, así como el cuidado para no mostrar violencia gráfica en exceso, ciertamente dándole a la cinta un toque más de matiné, sobre todo si consideramos que la mesa para una secuela está completamente puesta. La taquilla dirá.

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