BASTARDOS SIN GLORIA: LA PULPA DE LA FICCIÓN

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En la contraparte del rigor histórico de La caída (Hirschbiegel, 04), contundente texto fílmico acerca de los últimos momentos del Tercer Reich, diversas cintas han probado la fórmula del si hubiera… entonces… proponiendo alternativas y cauces distintos a los sucesos históricos en efecto ocurridos. Desde la sátira o la crítica social, estas obras se asumen como ficción sin pretenderse hallazgos que discutan la versión oficial o lecciones de historia a la carta: he ahí la principal cualidad de la película que nos ocupa.
Quentin Tarantino es como esos grandes dribladores que encantan a la tribuna, hacen jugadas de fantasía, convierten el espectáculo masivo en arte pero -siempre hay un pero- suelen hacer una jugada de más: en lugar de dar el pase al eficaz rematador, optan por otro quiebre engolosinados ya con su propio talento y olvidando que el juego lo gana quien anota más goles, no quien juega más bonito. Ojalá siempre se pudieran las dos cosas.
Valga la analogía futbolera para sintetizar lo que sucede con Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, EU-Alemania, 09), la mejor cinta del ex niño terrible del cine norteamericano desde la negrísima Jackie Brown (97) que, sin embargo, pudo haber sido más estimable si el trabajo de edición afilara un poco más las tijeras en beneficio de la cohesión narrativa y del andamiaje de los cinco capítulos que conforman este vengativo deseo histórico.Del impecable primer capítulo, homenaje a Sergio Leone según se ha dicho, conocemos a los bastardos del título, un grupo de judíos norteamericanos matanazis y cortacabelleras, lidereados por Aldo Raine (Brad Pitt), secundado por el temible The Bear Jew (Eli Roth, cómplice del director y responsable de Hostal) y demás Perros de reserva (92) dispuestos a cumplir la cuota impuesta por su quijadón jefe. El nivel se mantiene a lo largo de toda la historia aunque siempre es un problema empezar tan alto.
Como bien apunta Manohla Dargis en su crítica del NY Times (21/08/09), Tarantino resuelve bien los capítulos pero presenta dificultades para integrarlos en un todo secuenciado. En efecto, aunque el filme nunca se siente largo ni cansado, se percibe episódico y no del todo coherente en su narrativa. Quizá a esta sensación contribuye la fallida caricaturización de diversos personajes, incluido un histérico Hitler, con todo y carcajada descompuesta, y la prolongada ausencia de algunos otros con los que se pierde contacto.
Las referencias tarantinescas empiezan y terminan en el cine, para bien y para mal: su indudable cinefilia alcanza para construir brillantes secuencias plagadas de finos detalles tomados de la historia de la cinematografía (pueden verse varias de ellas en la crítica citada, sobre todo en el uso de los nombres), pero que nunca consiguen que el espectador deje de pensar que está viendo una película, lo que no necesariamente significa que no valga la pena verse: uno no siempre va al cine a confundir su realidad con la que se desarrolla en la pantalla.
El sello de la casa está presente: diálogos que parecieran descontextualizados en tono de farsa reflexiva; violencia como recurso de primera mano para conseguir fines; elocuente soundtrack contextual; cámara con firme dinamismo y ubicada en el sitio preciso; golpes de flashback que se entrometen en el presente para dar más sustento a lo que acontece y confrontaciones en torno a una mesa que van subiendo de tono hasta alcanzar un clímax que bien puede ser esperado o no.
Por supuesto que está presente la impecable capacidad para dirigir actores, manifestada sobre todo en los casos del desconocido austriaco Christoph Waltz, quien no tiene problema para robarse la película desde el primer capítulo, disfrutando de la buena leche producida en la ocupada campiña francesa, y de Michael Fassbender, interpretando a un improbable crítico de cine vuelto espía.
La constancia del cine dentro del cine: las dos protagonistas se relacionan directamente con la pantalla, una como actriz (Diane Kruger) y la otra como propietaria (Mélanie Laurent) en cuyo establecimiento se exhibe una película de Leni Riefenstahl, la famosa directora alemana que carga con el peso de propagar el régimen nazi; además, Goebbels (Sylvester Groth) aparece como un insufrible director convirtiendo a un héroe de guerra en estrella fílmica (Daniel Brühl) y el personaje ya mencionado del crítico.
Una dictadura consumida en su propia grandilocuencia fílmica con nitrato inflamable. Lástima: esta película no se basa en hechos reales, sólo es Pulp Fiction (94).

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