UNA NOCHE EN EL MUSEO 2: AL RESCATE DE LA TRADICIÓN

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Que las figuras de un museo cobren vida por alguna razón que no importa mucho, es idea vieja: basta recordar, con sus respectivos refritos, Museo de cera (Andre de Toth, 53) con Vincent Price y un joven Charles Bronson como Igor, así como la muy nuestra Santo en el museo de cera (Corona Blake y San Fernando, 63) en la que Claudio Brook tiene que medirse contra el infalible Enmascarado de Plata. Claro que acá se trataba al revés: de cómo seres de carne y hueso podrían transformarse en decoración museográfica.
El pensadorAsí, tomando un poco de Jumanji (Johnston, 95) y Zathura (Favreau, 05), nos llega Una noche en el museo 2 (Night at the Museum: Battle of the Smithsonian, EU, 09), tratando de subirse en el inesperado éxito de su predecesora (06), con buena premisa de arranque pero difuso desarrollo. Dirigida por Shawn Levy, la cinta transcurre a partir de que las piezas de cera serán sustituidas por dioramas para acabar en alguna bodega: es ahí donde nuestro padre divorciado regresa al campo de batalla orientado a la distancia por su hijo.
La comedia ha cedido su lugar al vértigo, desperdiciando un importante potencial con todos los involucrados, desde apuntes históricos con vetas cómicas, hasta lo que pudo haber sido un interesante Encuentro de opiniones, como aquel viejo programa que pasaba en el canal 11 del IPN. No es que se trate de convertir a una cinta veraniega en una pieza didáctica, sino de aprovechar los recursos para abrir vertientes argumentales que fortalecieran el débil conflicto central.
Para esta secuela, se mantiene el equipo base y se suman algunos personajes, tanto para el bando de los villanos como de los buenos; los efectos visuales se han pulido de manera notable y la acción ha sustituido por completo a la inserción del asunto familiar: ahora resulta que el vigilante (Ben Stiller, volviendo a la rutina) se volvió un rico empresario pero opta por volver con sus amigos nocturnos para ayudarlos, contando con el apoyo de Amelia Earhart (Amy Adams).Vaquero Romano
En efecto, se les olvidó que también había que invertir en un guión decente y no nada más en la propuesta visual, ésta sí muy bien lograda con predominancia de tomas abiertas, sobre todo en aquella secuencia en la que algunos clásicos de la pintura y la fotografía se animan, literalmente, y forman parte de una escaramuza entre el vigilante y los súbditos del faraón egipcio, quien ha vuelto por sus fueros para dominar el mundo con la ayuda del inframundo: lástima que no contaba con Lincoln, el preciso honesto y con fobia a las aves de cualquier calaña.
La historia naufraga entre vistosas secuencias y escasa emoción; el humor aparece a cuentagotas –buena idea convertir a El pensador en un musculoso descerebrado- y uno nunca acaba de involucrarse con nadie ni entender bien a bien hacia dónde va el asunto. Además, se percibe cierto tufillo ideológico que por obvio parecería no resultar efectivo: los líderes que se unen al faraón son de cualquier parte menos de Estados Unidos.
El competente cuadro de actores y la animación de una notable diversidad de piezas de museo, no alcanzan para hacer de esta secuela un entretenimiento a la altura de los calores que estamos padeciendo. Ni siquiera la bailarina de Degas o los coreográficos cupidos consiguen flechar al espectador.

Publicada en el periódico a.m. el 21/06/09

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