LA ELEGIDA: ESTÉTICA DEL DESEO MORIBUNDO

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Cuando todo parece estar previsto y dominado en los terrenos de las relaciones humanas, justo empieza el descontrol: el deseo deviene animal incontrolable, sobre todo al momento de que empieza a evolucionar: se convierte en una fiera de reacciones imprevistas, para la que no hay clases magisteriales ni experiencia previa que valga. Ahora sí estamos frente a puro amor al arte.
RothEscrita por Nicholas Meyer, responsable del discutido guión de La piel del deseo (Benton, 03), y dirigida por la sensible catalana Isabel Coixet, con todo el riesgo que implica adaptar al gran Philip Roth, La elegida (Elegy, EU, 08) retoma la novela El animal moribundo para darle vida fílmica al veterano maestro David Kepesh (Ben Kingsley), a quien conocimos en El profesor del deseo, ya en una etapa de la vida más de cierres que de aperturas, aparentemente. Pero como el amor suele ser un pozo sin fondo ni avisos previos, incluso este experto en seducción puede caer no tan redondo, pero caer al fin.
El nuevo objeto del deseo, que se convierte en algo más que objeto y que deseo, es una alumna de origen cubano (Penélope Cruz de discreto flequillo escolar a desinhibido pelo suelto) que entra sin problemas y resistencias a un juego cuyas reglas se van modificando sin permiso de los jugadores. Los espejos de la atracción conducen a reflejos diversos: la racionalidad artística, el interés manifiesto en el otro, la animalidad que se extingue y la posibilidad, deseada en el fondo aunque rechazada en los hechos, de volverse a encontrar con esa bestia de aspecto tentador pero siempre exigente: el amor romántico.La elegida
Mientras tanto, el culto sesentón interesado en el hedonismo, mantiene tres relaciones contrastantes: una esporádica y desprejuiciada con una antigua amante (Patricia Clarkson); otra caracterizada por la complicidad con su viejo amigo poeta (Dennis Hopper), y una más con su hijo (Peter Sarsgaard), sustentada en el rencor y en una eterna rivalidad (“hasta tu adulterio tiene más estatura moral”). Y dados los acontecimientos recientes, pareciera que entra también a un proceso de reflexión sobre sí mismo, más allá del manejado dominio de su cátedra seductora.
Aprovechando la posición de autoridad intelectual que da el magisterio, Kepesh ubica desde el primer día de clases a su nueva conquista: habituado al halago y a que sus intenciones se verifiquen pronto en la práctica, empieza a lanzar los dardos a las primeras de cambio. Justo en esa posición de seguridad es cuando los sentimientos hacen de las suyas: el exceso de confianza siempre ha sido un gran aliado de los amores imprevistos, si es que existieran de otro tipo.
Sin llegar a la profundidad y capacidad envolvente de La vida secreta de las palabras (05), la también directora de Mi vida sin mí (03), consigue salir avante del reto planteado gracias a las convincentes interpretaciones, el oportuno armado de los diálogos, el diseño de arte en interiores y el flujo narrativo, que evita decaimientos emocionales. Las notas lánguidas del piano y la presencia de la Maja vestida se entrometen en la incapacidad de comprometerse y por consecuencia, en la imposibilidad de olvidar, aún más allá de la muerte acechante como los fantasmas de Goya, el espíritu de Satie o la correspondencia kafkiana.

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