SÓLO UN SUEÑO: LA OTRA BELLEZA AMERICANA

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Ser una actriz teatral o vivir un poco a la deriva en París, quizá escribiendo, mientras se disfruta cada minuto con intensidad. Pero llega la normalidad: te casas, consigues un trabajo que te da un buen sustento económico, compras una linda casita en los suburbios, convives con los vecinos iguales que tú; te dedicas al hogar, tienes dos hermosos hijos, atiendes al marido como se debe. Y esta normalidad no tiene absolutamente nada de malo, excepto que está muy lejos de tus sueños.

Detrás de la fachada impecable, la desolación de las alcobas: insatisfacción laboral a todo lo que da, repitiendo el esquema no deseado del padre; hijos que prácticamente no aparecen; infidelidades que ahondan el estado anímico depresivo; incapacidad para mantener una comunicación funcional; en síntesis, una situación de vida en permanente estado de infelicidad. Éste es el matrimonio de los Wheeler: la frustrada aún con convicciones April (Kate Winslet) y el empleado ya domesticado por el status quo Frank (Leonardo DiCaprio), en constante tensión relacional.

Pero dentro del sofocante equilibrio renace la idea del viejo sueño, al tiempo que el desquiciado hijo (Michael Shannon) de la mujer que les vendió la casa (Kathy Bates),  suelta sentencias que todos pensaban y nadie decía, con cierto dejo poético que, como bien sabemos, es la forma más cercana a expresar la verdad. Una simple idea convertida en decisión por tomar parece tener el poder de cambiarlo todo, hasta que otros sucesos se van interponiendo justo en la REM, la etapa más profunda del sueño.

Basada en la novela de Richard Yates, escrita en 1961, y dirigida por Sam Mendes, Sólo un sueño (Revolutionary Road, EU-GB, 08) es una dramática inmersión a la vida matrimonial y su paulatino desmoronamiento, en la línea de la grandiosa Secretos de un matrimonio (Bergman, 74) y el derrumbe al revés visto en 5 x 2 (Ozon, 04). El director británico vuelve a retratar la falsa Belleza americana (99) pero ahora sin un dejo de humor, ni siquiera negro. Se apuesta por un realismo que se resiste en todo momento a caer en el melodrama sobre todo gracias al diseño de los personajes y a las consistentes interpretaciones de Winslet y DiCaprio, ya salvados del hundimiento del Titanic y en plena madurez actoral.

La cámara del solvente Roger Deakins –fotógrafo de cabecera de los Coen- funciona como exacto soporte al desenvolvimiento de los actores y sus contextos cerrados, básicamente la casa. El manejo de las distancias es completamente expresivo y alude tanto a los puntos de vista de los protagonistas como a los momentos cruciales de la historia, como cuando ella está viendo las fotos o está parada frente a la cortina con la gota de sangre; la sobria iluminación y los serenos desplazamientos, contribuyen a centrar la atención en la pareja y su inexorable erosión.

El retrato de los años cincuenta se plantea más en los momentos de convivencia que desde una perspectiva social: fuera de las secuencias del viaje al trabajo, alguna referencia a los beatniks (¿vas ir a Tánger?), el nacimiento del boom de las computadoras y ciertas pistas musicales, la época se refleja en las costumbres propias de la clase media norteamericana de los suburbios y desde luego, en el diseño de arte: vestuario cuidadoso y escenografías que de inmediato nos remiten a los años de la posguerra.

Estamos frente a otro Camino a la perdición (02), nunca revolucionario, en el que un Soldado anónimo (05) de la era industrial intenta acomodarse a pesar del vacío que invade hasta su propia intimidad. Con flashbacks que enfatizan los momentos de felicidad imposibles de volver a vivir y música sentida del viejo cómplice Thomas Newman (Wall-E), exacto en la reiteración pianística, la historia fluye por la capacidad de envolvernos y, en una de ésas, funcionar como espejo.

Mejor bajar el volumen del aparato auditivo en un lugar donde nadie sabe callarse y sentarse a pensar: todos hablan y nadie escucha; todos dicen y nadie reflexiona. Eso puede dar miedo y confirmar que se trata sólo de un sueño.

NUEVE AÑOS DE ALUCINE

Empezó a finales de febrero del año 2000 con un texto sobre Belleza americana, justamente; desde entonces, en la columna se ha tratado de compartir puntos de vista acerca de todo tipo de cine, sin distingos de ningún tipo. Vale la pena reiterar que he escrito siempre con completa libertad y que las opiniones vertidas aquí responden a mi criterio, nada más.

Agradezco a todas las personas en el periódico que han hecho posible este noveno cumpleaños y en especial a todos los ojos que han recorrido estas palabras mientras acuerdan o disienten de lo aquí expresado. Alucine es un niño hecho y derecho con ganas de seguir creciendo.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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