4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS: TIEMPO DE REFLEXIÓN

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Plantear el aborto como temática de un film entraña riesgos de diversa índole, dada la naturaleza polémica y al parecer irresoluble de las posturas en torno a él. Si bien nadie está a favor del aborto en cuanto tal, la discusión se ha centrado en la conveniencia de su legalización y los términos de ésta. De uno y otro lado se tiende a pontificar y esgrimir argumentos, por llamarlos de alguna manera, que se vuelven dogmas imposibles de discutir y que al final terminan por separar ambas posturas, para terminar con adjetivaciones absurdas: retrógradas promachistas unos, criminales los otros.

 

Pero dentro de todo este complejo entramado ideológico, están las personas concretas, como podemos ver en la directa propuesta de intensidad contenida 4 meses, 3 semanas, 2 días (Rumania, 07), dirigida por Cristian Mungiu y que se hizo merecedora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, como ejemplo notable del auge reciente del cine de aquella nación en el que se advierte una mirada revisionista no sólo de la oscura dictadura de Ceausescu, sino de la vida post-caída del Muro de Berlín.

 

Gabita es una estudiante que está decidida a abortar (Laura Vasiliu) y le pide ayuda a Otilia, su compañera de cuarto en la estancia universitaria (Anamaria Marinca). Dialogan sobre algo que tendrán que hacer aunque el espectador no sabe de qué se trata. Después de algunos vericuetos llegan al hotel con el truculento, abusivo e irascible Sr. Bebe (Vlad Ivanov, repulsivo), en el polo opuesto de la candidez y compasión que guardaba El secreto de Vera Drake (Leigh, 04). Las dos jóvenes desamparadas en su fragilidad e ignorancia quedarán en manos de la única opción visible para cumplir con el cometido.

 

El argumento suelta algunas posibilidades que se resisten a ser desarrolladas (el cuchillo y la identificación, la larga ausencia de la amiga, las angustiosas caminatas en la oscuridad), más bien para centrarse en los dos personajes principales: la necesidad compulsiva de mentir y la aparente enajenación sobre el duro trance que manifiesta Gabita; por parte de Otilia, el doloroso sacrificio, las largas meditaciones en silencio, las discusiones con el novio incapaz de comprender y la presencia forzada en el cumpleaños de la suegra, en donde los invitados van representando posturas atávicas o liberales sobre los estudios, las mujeres y los hijos.

 

A partir de un planteamiento en absoluto realista próxima al Dogma 95 (ausencia de música, iluminación natural), con cámara en mano que bien sigue a la protagonista o que se instala en encuadres que refieren, sobre todo, al fuera de campo en donde suceden eventos vitales, el filme se inserta en un contexto apenas aludido: la etapa final del régimen comunista rumano (circa 1987), caracterizado tanto por la precariedad y la presencia del mercado negro en la compra-venta de cigarros, por ejemplo, como por la constante vigilancia policiaca y la prohibición del aborto, centro dramático del relato. La textura del film alude, desde luego, al estado de ánimo de una sociedad victimizada.

 

Más que moralizar, la cinta polemiza: se trata de presentar una situación recurrente en la que se muestran los riesgos de la clandestinidad pero también las posibles secuelas psicológicas y morales de la decisión tomada (ese encuadre shock), acá manifestadas más en la propia amiga solidaria, buscando enterrar en el olvido absoluto la traumática vivencia a través de la solicitud de no hablar nunca del asunto: frente a frente en una mesa, entre el humo del cigarro con apenas agua mineral y el elusivo plato de vísceras, las miradas parecen extraviarse para atisbar algún terreno de la desmemoria.

 

Un texto fílmico tan económico como poderoso que además funciona para alimentar la reflexión sobre un tema que bien la necesita. Estamos frente a la primera gran película que nos llega este año.

 

Nos leemos después.

 

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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