EL DÍA QUE LA TIERRA SE DETUVO: ECOLOGÍA ESPACIAL

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En plena guerra fría, el cine estadounidense respondió con una serie de películas alegóricas más bien enclavadas en la ciencia ficción: el enemigo venía de fuera no sólo de Estados Unidos, sino del planeta, brindándole un carácter etéreo e inasible, acaso como las consecuencias de la era nuclear, retratadas en la magistral El increíble hombre menguante (Arnold, 57). Así, la paranoia encontraba un cauce en cintas, ya sea con alto o bajo presupuesto, donde seres de otros planetas hacían de las suyas con la despreciable especie humana.
Uno de esos films fue El día que paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Wise, 51), cándido alegato sobre la belicosidad de los seres humanos en el que un alienígena buena onda y mentalmente superior, hacía un llamado a todos los líderes del planeta para que dejaran de una buena vez la nuclear carrera armamentista. Con una visión optimista por desgracia bastante alejada de la realidad, la cinta se sumó a toda una tendencia fílmica de aquellos años que respondía a las exigencias de la época.
Ante la sequía de ideas nuevas, ahora se presenta un remake bajo el título de El día que la Tierra se detuvo (08), dirigido por Scott Derrickson (El exorcismo de Emily Rose, 05) en la que el llegado del espacio de nombre Klaatu (inexpresivo Keanu Reeves en el papel que interpretó Michael Rennie) trata de entablar un diálogo que nunca se da por la desconfianza inherente de la mandamás del área de seguridad (Kathy Bates), quien pone ejemplos de la Historia –no de los ingleses ni de los estadounidenses, sino de los españoles- para demostrar que las civilizaciones superiores someten a las inferiores, por lo que es necesario ponerse a la defensiva.
Pero el susodicho mensajero encontrará otra faceta de la humanidad vía una científica viuda (Jennifer Connelly) y su pesadito hijastro (Jaden Smith), capaces de sentir dolor ante la pérdida y de mostrar cierto espíritu solidario. El discurso belicista ha cambiado, en tiempos del post 11 de septiembre, por un asunto ecológico; se trata de salvar a la Tierra de la peor plaga que padece: la especie humana. A diferencia de la original desarrollada en Washington, aquí vuelve a ser Manhattan el epicentro del conflicto, muy a tono con los tiempos que corren.
Con ecos bíblicos y cierto tufillo New Age –esferas cual arcas y plagas exterminadoras- la cinta encuentra algunos momentos emotivos pero en su mayor parte transcurre en un esquema de excesiva sobriedad y sin ninguna posibilidad de sorpresa: conforme avanza la historia se va volviendo cada vez más predecible, situación que le resta interés argumental, acaso rescatada por la eficiente propuesta visual sustentada por vistosos efectos especiales y elusivos encuadres con sombras que huyen de luces cegadoras.
Rescatables resultan el diálogo que sostiene el extraterrestre con un premio Nobel (John Cleese), quien consigue dar algunos argumentos –el asunto del precipicio como situación clave provocadora de cambios- para que la humanidad no sea borrada del mapa galáctico, así como la relación que establecen los protagónicos, contenida en los afectos y explosiva en la búsqueda de soluciones.
A pesar de su posible anacronismo, me quedo con la original.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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