UNA GUERRA DE PELÍCULA O CÓMO REÍRSE DE SÍ MISMO

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La autocrítica siempre será bienvenida, sobre todo cuando se confecciona con humor y no tanto como un “me tiro para que me levanten”. La capacidad para no tomarse demasiado en serio y reírse de sí mismo, denota inteligencia, como aquella máxima de Groucho en la que afirmaba de manera categórica que él jamás pertenecería a un club donde lo aceptaran como socio; o cuando Kevin Spacey, en Belleza americana (Mendes, 00), le decía a su interlocutor que no se preocupara por no recordarlo, porque de cualquier manera él no se acordaría tampoco de sí mismo.
Algo así consigue Una guerra de película (Tropic Thunder, EU, 08), dirigida e interpretada por Ben Stiller (La dura realidad, 94; Dr. Cable: El desastre llama, 96; Zoolander, 01), en la que a partir de una serie de estereotipos y viñetas le da una buena repasada al mainstream hollywoodense y a varios de sus clichés, tics y perversiones, en un tono que contrasta con otras propuestas críticas como la magnífica El ejecutivo (Altman, 92) o las insondables propuestas recientes de David Lynch.
Feria de personajes: el desquiciado responsable de los efectos especiales (Danny McBride); el director teatral inglés que no sabe en la que se metió y que de todas formas es prescindible (Steve Coogan); el productor gandalla que sólo se comunica con insultos (Tom Cruise en muy buena forma, como en Magnolia) y su asistonto reducido a mico (Bill Hader); el falso héroe de guerra (Nick Nolte); el insulso representante actoral en crisis de conciencia (Matthew McConaughey) y toda la banda asiática de narcotraficantes dirigida por un niño (Brandon Soo Hoo), faltaba más, admirador improbable del propio Stiller.
Desde luego, los insufribles actores: el héroe de acción caído que ha tratado de ampliar su rango haciendo el ridículo (Ben Rambo Stiller); el que cree que puede con cualquier papel gracias a su talento, dando consejos y nunca dejando de actuar (Robert Downey Jr. de australiano a negro); el que llama más la atención por sus problemas personales y sus flatulencias que por su trabajo (Jack Black); el que está que si sale del clóset o no (Brandon T. Jackson como Alpa Chino) y el que aspira a convertirse en gigoló por el simple hecho de volverse actor (Jay Baruchel).
Las referencias a un par de grandes películas sobre la guerra de Vietnam –Apocalipsis ahora, Pelotón- muestra cómo algunos estudios sólo refritean ideas y las hacen pasar como propias, desarrollándolas de manera descontextualizada. El proceso de producción, como cabía esperar, depende de dos hilos: el carácter del bailarín productor y la rentabilidad económica del producto, ya ni siquiera concebida como obra fílmica.
No podían faltar las referencias a la entrega del Oscar y a las transformaciones de los intérpretes que creen descubrir el sentido de sus vidas. Además del irónico y humorístico trazo de los personajes con todo y las ingeniosas líneas de diálogo, la producción de la película sobre una película que nunca terminó siendo una película, acaba resultando eficaz, con los volátiles desplazamientos de cámara y una fluida edición que sigue los diferentes frentes abiertos en el desarrollo de la historia.
A diferencia de las rutinarias películas paródicas que se sustentan en burdas recreaciones sobre otros filmes, aquí estamos frente a una propuesta que lanza sus envenenados dardos hacia los sistemas de producción y comercialización que privan en varios de los estudios de Hollywood. Quizá ya lo sabíamos, pero he aquí la oportunidad de verlo en vivo y a todo color, siguiendo los mismos esquemas que se critican.

PAUL NEWMAN (1925-2008)
Lo vimos por última vez en Camino a la perdición (02) y lo escuchamos en Cars (06). De la mano de Scorsese se llevó el Oscar por su actuación en El color del dinero (87) y nos regaló una memorable interpretación en El veredicto (Lumet, 82). Se consagró con Butch Cassidy and the Sundance Kid (69) y El golpe (73), junto a Robert Redford. Alumno aventajado del Actor’s Studio, debutó en las tablas de Broadway en los cincuenta y de ahí cimentó una prolífica y contundente carrera cinematográfica.
Casado con Joanne Woodward durante 50 años –periodo inusual en la feria de vanidades holywoodense- mostró compromiso político en todo momento: su línea de productos alimenticios sirvió para causas humanitarias, en consonancia con su sólida conciencia social. La profunda mirada azul quedará plasmada no sólo en la pantalla, sino en la búsqueda de convertir este mundo en un mejor lugar para todos. Un gran actor. Un mejor hombre.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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