EL CHICO O CÓMO CHARLOT SE CONVIERTE EN PADRE ADOPTIVO

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Una grata sorpresa resultó ser la inauguración del Foro de la Cineteca con la proyección del primer filme largo de Charles Chaplin. La llegada de esta celebración fílmica a nuestra ciudad es una de las mejores oportunidades para cinéfilos y allegados, dada la diversidad y consistencia de su programa: qué mejor que arrancar con uno de los más influyentes y grandes directores de la historia del cine. Si observamos con detenimiento, muchas propuestas del cine cómico y animado respiran por sus poros: ahí está la maravillosa Wall-E para corroborarlo.

Ya mostrando desde entonces esa tendencia de combinar el humor físico más logrado con algunos pasajes emotivos en los que se muestra que el vagabundo Charlot también tiene su corazoncito, Chaplin entregó El Chico (The Kid, 1921), grabada en seis rollos y con una duración cercana a la hora, en la que desarrollaría sus principios esbozados en Vida de perro (1918). A estas alturas, el director de La quimera del oro (1925) contaba con una larga trayectoria en la producción de cortometrajes y su personaje más famoso ya estaba instalado en el imaginario narrativo del público.

Una angustiada y desesperada mujer (Edna Purviance) decide abandonar a su hijo recién nacido, pronto encontrado por el vagabundo quien intenta deshacerse de él -pretexto que sirve para desarrollar ciertas secuencias hilarantes- pero termina, más por no tener de otra que por convencimiento- quedándose con el pequeño infante. Como cabría esperar, de aquí se desata un vínculo entre ambos, a partir de que el bebé se convierte en niño, interpretado por Jackie Coogan, quien después se convertiría en el Tío Lucas de la serie televisiva Los locos Adams.

La complicidad que se desarrolla entre ambos para la sobrevivencia y la consecuente relación afectiva que se va construyendo poco a poco, permiten que el espectador, además de divertirse, se involucre afectivamente con los personajes y comparta con ellos sus aventuras callejeras y sus audaces estrategias para intentar salirse con la suya: el manejo del tiempo narrativo muestra la audacia chaplinesca para contar historias de manera fluida y entretenida.

El componente de la comedia física funciona de manera impecable y aún hoy, a casi noventa años de distancia, sigue provocando saludables carcajadas incluso en los niños del siglo XXI, como lo pude comprobar con mis tres retoños que se mostraron francamente entusiasmados con la cinta; quizá la parte más sentimental peque de cierta inocencia u obviedad pero igual funciona como un buen complemento a la propuesta narrativa. Más discutible puede ser la secuencia del sueño del vagabundo, en la que un paraíso terrenal se ve corrompido por cuestiones tan comunes de nuestra especie como los celos y la envidia.

El chico levantó el listón para el cine cómico en general y para el de Chaplin en particular, quien a partir de aquí desarrollaría su obra más importante que lo colocaría como un realizador imprescindible. Un buen acercamiento al hombre y al artista puede verse en aquella película de Richard Attenborough en la que Robert Downey Jr. se metió en la piel del genial cómico, aunque lo mejor que uno puede hacer al respecto, es regresar a sus cintas y dejarse llevar por la sonrisa que se asomará con sólo ver su icónica figura, manteniendo cierta elegancia optimista aún en la callejón más escondido.

Nos reímos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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