TROPA DE ÉLITE: APOCALIPSIS AQUÍ Y AHORA

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Cinta tristemente oportuna y pertinente al contexto tanto local como nacional que estamos viviendo en nuestro País. Si en Ciudad de Dios (Meirelles-Lund, 02) la mirada se posaba sobre los casi niños vueltos delincuentes por predestinación, ahora nos topamos de frente contra las corporaciones policíacas y sus complejas redes de corrupción, simulaciones y complicidades con las que operan en las favelas de Río de Janeiro, territorios donde la pobreza se sienta a la mesa con el narcotráfico y, a pesar de lo que se podría pensar, con un juvenil espíritu celebratorio.

Basada en el texto de André Batista, coescrita y dirigida por el documentalista José Padhila debutando en el cine de ficción, Tropa de Élite (Brasil, 07), ganadora del Oso de Oro en el 58º Festival de Berlín, es un descenso a los frágiles equilibrios infernales de una favela, trastocados por la visita del Papa en 1997 y su petición de pernoctar ahí, con la consecuente necesidad de limpiar la atmósfera al menos durante esa noche, en la que no se pueden escuchar ni las rencillas ni los habituales disparos que parten el efímero silencio del enturbiado ambiente.

Con prólogo en el que el implacable comandante Nascimento (Wagner Mora) presenta con voz en off la situación que pronto se desarrollará, seguimos a dos posibles sucesores del susodicho, quien ha decidido dejar el puesto por la próxima paternidad y la evidente afectación psicológica que padece. Como parte de la BOPE (Batallón de Operaciones Policíacas Especiales), corporación que va contra todo y contra todos (narcos, policías corruptos, vigilantes y hasta civiles si es necesario), empleando cualquier medio con tal de alcanzar el fin, tortura incluida, el comandante requiere un digno sustituto que haya decidido entrar a la guerra y convertirla en casi su única razón de vida.

Tras un cruento proceso de entrenamiento, que recuerda los que hemos visto en las cintas sobre la guerra de Vietnam, sólo dos han resultado candidatos viables para suceder al comandante con esporádicos ataques de culpa frente a una madre que ha perdido a su hijo: un joven impulsivo que parece dispuesto a morir por nada (Caio Junqueiro) y un cerebral e idealista novato (André Ramiro) que también estudia para abogado con algunos compañeros aburguesados que participan a manera de limpiaconciencias en una ONG incrustada en el torbellino.

Mientras desde la comodidad del salón de clase se discuten las tesis de Foucault sobre los micropoderes y sus vínculos perversos, en el campo de batalla no hay tiempo para teorizar sino sólo para buscar la sobrevivencia con la única consigna de nunca dejarse matar. Las pirámides de corrupción en los cuerpos policíacos y sus acuerdos con los distribuidores de droga se han convertido en una pasmosa e inamovible normalidad, con la consecuente degradación moral que a todos invade: no hay héroes, sólo guerreros. No hay quien tire la primera piedra.

La pretensión de verismo permea todo el relato, con el dinamismo nervioso de la cámara de Lulha Carvalo, un cromatismo deslavado y una edición implacable a manera de espiral en la que también caben las secuencias paralelas, así como una permanente combinación de planos contextuales o de mirada de francotirador, junto a los que nos permiten adentrarnos en las casuchas y callejuelas, mientras la música eleva peligrosamente la tensión entre gritos distantes y balas nunca perdidas.

La realidad, conocida por nosotros, nos va estallando en el rostro como el balazo terminal con el que se pone fin a un proceso, sólo para abrir múltiples puertas de un terror que parece no conocer salidas definitivas. El campo de batalla lo ha invadido todo: el hogar con la esposa reclamante, la escuela como punto de venta, la oficina enrarecida por la tensión y hasta las posibles relaciones personales y amorosas, ya trastocadas en definitiva por las llamas de un infierno que no se detiene: el Apocalipsis aquí y ahora.

Nos leemos después

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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