Mucho se ha reflexionado en torno a la banalidad del mal. Hannah Arendt reflexionó en torno a esta idea mientras cubría para el New Yorker en Jerusalén el juicio contra el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, durante 1961. Formar parte de un entramado de exterminio que absorbe la responsabilidad individual, ausencia de conciencia sobre lo que se está haciendo, imposibilidad de reflexionar en torno a los actos cometidos: la culpa persiste, desde luego, pero acaso habría necesidad de replantearse ciertas concepciones en torno a la naturaleza del mal.
Mirar el mal desde la perspectiva del sadismo, nos conduce por otros territorios, acaso de índole psicopatológico; convertir el daño al otro en un juego de poder no parece ser muy distante: los niños que se divierten lastimando pequeños animales; los compañeros escolares que humillan al más débil hasta hacerlo llorar (era una broma, dicen); y desde luego, la práctica de la tortura en la que se esconden, además de móviles políticos o de seguridad, perversiones lúdicas que buscan satisfacer esa enferma necesidad de sentirse superior a los demás, aunque en la realidad no hagan sino degradarse a sí mismos.
El director austriaco-alemán Michael Haneke (71 fragmentos para una cronología del azar, 94) consiguió una perturbadora aproximación al mal como pasatiempo juvenil en Juegos divertidos (Funny Games, 97), reflexión profunda acerca de la violencia y la crueldad humana en apariencia sin motivo alguno, un poco en la línea de Naranja mecánica (Kubrick, 71), pero sin experimentaciones de por medio, más bien productos de una sociedad que parece haber extraviado sus límites de contención pretendiéndolos sustituir con muros fronterizos.
Ahora, como lo hicieran Capra, Hitchcock y Shimizu, ha realizado un auto remake titulado acá Juegos sádicos (EU, 07), con la presencia de Tim Roth, Naomi Watts, Michael Pitt y Brady Corbet, manteniendo la esencia de su origen y confirmando algunas de sus temáticas recurrentes como la crítica a los medios y su vinculación con la juventud (El video de Benny, 92), así como sus propuestas de trastocamiento del lenguaje cinematográfico como en Código desconocido (2000).
Interesado en lanzar algunos de sus dardos a las élites económicas y culturales como en La pianista (02) y en la angustia contenida de Caché: Observador oculto (05), el realizador de El tiempo del lobo (03) coloca a una familia acomodada que va a su casa de campo para pasar una vacaciones: un picado captura la camioneta en donde padre y madre juegan a adivinar qué disco está puesto, ante la presencia interesada del hijo (Devon Gearhart).
De escuchar a Mozart y Händel se establece un contraste radical con la aparición sonora del incansable explorador vanguardista John Zorn y la agresividad gutural de Mike Patton. Un pequeño anuncio, desde la selección musical del film, de lo que está por venir: en torno a un lago, un conjunto de casas que van recibiendo la visita inesperada del mal en una cadena que se va eslabonando siniestramente y sin fin probable a la vista. Es la invasión de un mundo cada vez más enfermo al engañosamente seguro entorno familiar para vivir Horas desesperadas (Wyler, 56).
En efecto, Haneke plantea un claro contraste: los jóvenes educados ataviados con guantes y vestimenta impecablemente blanca, en apariencia con un desarrollado sentido de convivencia social, que resultan ser, porque sí, sádicos profesionales con sensaciones de compasión, culpa o remordimiento totalmente canceladas: no sabemos nada de ellos e incluso se dan el tiempo de inventarse pasados traumáticos. Sus nombres son, con toda la carga referencial del caso, Pedro y Pablo, aunque gusten de llamarse Beavis y Butthead.
Al apoderarse de la situación y someter a la familia sin alterarse en ningún momento, establecerán una serie de juegos macabros en los que se tiene que participar, quiérase o no. La quietud de la cámara juega un papel central en la construcción de encuadres cargados de claroscuros y largos planos que aumentan la ansiedad, siempre fortalecida por el enfático manejo del fuera de campo en el que los sucesos referidos terminan por ser devastadores mientras la toma captura un hecho intrascendente: la preparación de un alimento y el sonido de un balazo.
Haneke también juega con nosotros, los espectadores, enfatizando la idea de no permitir concesiones, en contraposición a cierto cine hollywoodense que justo se sustenta en los pactos no escritos con el público: ahí está el rewind cuando habíamos pensando que por fin la víctima le aplicó su justo castigo por cochino proceder a uno de los victimarios. Humor macabro que pone las neuronas de punta sin siquiera permitir el esbozo de una sonrisa nerviosa.
Nos leemos después.
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