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EL DÍA QUE LA TIERRA SE DETUVO: ECOLOGÍA ESPACIAL

13 Diciembre 2008

En plena guerra fría, el cine estadounidense respondió con una serie de películas alegóricas más bien enclavadas en la ciencia ficción: el enemigo venía de fuera no sólo de Estados Unidos, sino del planeta, brindándole un carácter etéreo e inasible, acaso como las consecuencias de la era nuclear, retratadas en la magistral El increíble hombre menguante (Arnold, 57). Así, la paranoia encontraba un cauce en cintas, ya sea con alto o bajo presupuesto, donde seres de otros planetas hacían de las suyas con la despreciable especie humana.
Uno de esos films fue El día que paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, Wise, 51), cándido alegato sobre la belicosidad de los seres humanos en el que un alienígena buena onda y mentalmente superior, hacía un llamado a todos los líderes del planeta para que dejaran de una buena vez la nuclear carrera armamentista. Con una visión optimista por desgracia bastante alejada de la realidad, la cinta se sumó a toda una tendencia fílmica de aquellos años que respondía a las exigencias de la época.
Ante la sequía de ideas nuevas, ahora se presenta un remake bajo el título de El día que la Tierra se detuvo (08), dirigido por Scott Derrickson (El exorcismo de Emily Rose, 05) en la que el llegado del espacio de nombre Klaatu (inexpresivo Keanu Reeves en el papel que interpretó Michael Rennie) trata de entablar un diálogo que nunca se da por la desconfianza inherente de la mandamás del área de seguridad (Kathy Bates), quien pone ejemplos de la Historia –no de los ingleses ni de los estadounidenses, sino de los españoles- para demostrar que las civilizaciones superiores someten a las inferiores, por lo que es necesario ponerse a la defensiva.
Pero el susodicho mensajero encontrará otra faceta de la humanidad vía una científica viuda (Jennifer Connelly) y su pesadito hijastro (Jaden Smith), capaces de sentir dolor ante la pérdida y de mostrar cierto espíritu solidario. El discurso belicista ha cambiado, en tiempos del post 11 de septiembre, por un asunto ecológico; se trata de salvar a la Tierra de la peor plaga que padece: la especie humana. A diferencia de la original desarrollada en Washington, aquí vuelve a ser Manhattan el epicentro del conflicto, muy a tono con los tiempos que corren.
Con ecos bíblicos y cierto tufillo New Age –esferas cual arcas y plagas exterminadoras- la cinta encuentra algunos momentos emotivos pero en su mayor parte transcurre en un esquema de excesiva sobriedad y sin ninguna posibilidad de sorpresa: conforme avanza la historia se va volviendo cada vez más predecible, situación que le resta interés argumental, acaso rescatada por la eficiente propuesta visual sustentada por vistosos efectos especiales y elusivos encuadres con sombras que huyen de luces cegadoras.
Rescatables resultan el diálogo que sostiene el extraterrestre con un premio Nobel (John Cleese), quien consigue dar algunos argumentos –el asunto del precipicio como situación clave provocadora de cambios- para que la humanidad no sea borrada del mapa galáctico, así como la relación que establecen los protagónicos, contenida en los afectos y explosiva en la búsqueda de soluciones.
A pesar de su posible anacronismo, me quedo con la original.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

WALL-E: REVERDECER EN LA BASURA

5 Julio 2008

Ahí estuvimos, puntuales a la cita, para ver la película más esperada del verano. Nada fácil, sobre todo para los pequeños, estar los primeros minutos frente a un robot pepenador que deambula solitario por una ciudad terrícola, apenas acompañado por una cucaracha y un video de Hello Dolly! (69). Pero la introducción es de una sorprendente emotividad y belleza plástica, aún en una escenografía escalofriante, polvosa y descolorida. Desde ahí, Wall-E se convierte en nuestro entrañable amigo.
Comandada por Andrew Stanton (Monsters Inc, Buscando a Nemo), elemento clave de Pixar, Wall-E (EU, 08) es una básica, inocente y conmovedora historia de amor con enfoque ecológico/cibernético, bien aderezada a partir de cierta dosis de cinefilia, que va de Wallace & Gromit (recordar el robot del corto del viaje a la luna) y Corto circuito (Badham, 86) a las claras referencias a 2001: Odisea del Espacio (Kubrick, 68) y Alien (Scott, 79), con todo y la voz de Sigourney Waever como la computadora de la nave.
La tarea de elegir ciertos objetos –el estuche en lugar del anillo, la colección de encendedores, focos iluminadores y el cubo de Rubik, entre otros- recuerda al personaje de Robin Williams en El pescador de ilusiones, capaz de encontrar cierta belleza aún en la basura. Justo esta mirada poética se abre paso en un contexto deprimente, predominando en una historia casi ausente de villanos, fuera de la computadora kubrickiana y de la propia abulia de la especie humana.
Los gestos y las acciones suplen de manera eficaz y sensible a los diálogos. Sabemos que en los romances que se precien de serlo importa menos lo que se dice que lo que se demuestra: así Wall-E conocerá otro mundo, literalmente, cuando llega a la Tierra una hermosa y decidida robotina de piel blanca, forma de huevo, expresivos ojos azules y un carácter fuerte: justo lo que necesitaba el buenazo de nuestro héroe que seguía haciendo su vida, ya con cierto grado de individualidad, sin saber bien a bien a dónde se estaba dirigiendo.
Además de la mirada a un mundo en el que la especie humana no aparece como la invencible que se ha creído –como en las recientes El final de los tiempos (08) y Soy leyenda (07)- se desliza una frontal autocrítica al estilo que han adoptado algunos sectores estadounidenses –y de otras partes, claro- que pasan la vida sentados frente a un televisor deglutiendo cuanta chatarra se les ponga enfrente. El contraste entre ambos mundos es elocuente: un plastificado y artificialmente colorido paraíso, frente a un inhóspito sembradío de basura en el que, sin embargo, puede crecer una pequeña planta, como aquella de Alerta solar (Boyle, 07).
Las peripecias del pequeño robot por seguir a su amada eran atisbadas puntualmente por mis pequeños acompañantes: José Pablo, el minicrítico, lanzaba preguntas entre angustiado y emocionado; el pequeño Max se mantenía expectante con mirada fija y segura, y el diminuto Gonzalo, ante las tribulaciones del metálico protagonista, soltó una que otra lágrima pronto cambiada por una salvadora emoción: en efecto, la película se vive y consigue inmiscuirse en nuestros sentimientos.
Las secuencias románticas, como la del encendedor, la de la danza espacial y el toque de manos, son capaces incluso de conmover a los gordazos quienes empiezan a redescubrir que no hay nada en las pantallas que se pueda comparar con el contacto humano. Cual cómico del cine mudo, Wall-E demuestra tener un corazón dispuesto a latir para siempre por su Eva, la robotina que pronto descubre su disposición para querer, además de lanzar disparos mortíferos.
Junto a la excelsa animación plagada de detalles y contrastes, la banda sonora se desgrana entre instrumentaciones alusivas y canciones clásicas, entonadas por Louis Armstrong, entre otros; Peter Gabriel, mientras tanto, se encarga de cerrar y los créditos finales, que se acompañan de artísticos dibujos representativos de diversas tendencias, aluden a las formas en que la humanidad va recuperando la idea de comunidad en un planeta en plena recuperación ecológica. ¿Utopía rescatadora? Por supuesto. Estamos frente a la película del verano. 
Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx