Inicia oficialmente la temporada de las grandes producciones fílmicas, desde el punto de vista económico: cintas orientadas al espectáculo, predominantemente, y a buscar encontrarse con los públicos masivos. A diferencia del año anterior, la propuesta del 2009 parece sustentarse sólo en destellos –Up, por ejemplo- y en secuelas o precuelas cuyas películas antecedentes no fueron la gran cosa como para esperarlas con cierta emoción. Ojalá me equivoque. Por lo pronto, iniciemos el recorrido.
Con mis tres acompañantes habituales en el verano, su madre y hasta un amigo incluido (de los niños, cabe aclarar), asistimos al estreno largamente esperado –más por la influenza- de la nueva veta fílmica proporcionada por el mundo de los X-Men, bautizada como Orígenes. Obviando las chamarras por el cruel calor que estamos padeciendo, los imprevistos wolverines versión infantil del Bajío se presentaron con su playera blanca sin mangas, pantalón de mezclilla y peinado que pretendía ser agresivo: ya imaginarán los resultados. Eso sí, la ceja arqueada no podía faltar, a diferencia del puro que bien pudo haber sido de chocolate.
Dirigida con librito en mano por el sudafricano ya en plano mainstream Gavin Hood (Tsotsi, 05; El sospechoso, 07) para quien el tema del outsider no es ajeno, X-Men orígenes: Wolverine (EU, 09) centra su atención en el personaje del título, interpretado con alma por Hugh Jackman -a quien además habría que agradecerle su actitud hacia México- para entroncar con la situación de extravío del propio Logan que se presenta en X-Men (Singer, 00), corazón también de X2 (Singer, 03), acerca de este grupo de mutantes en perpetuo conflicto con humanos, congéneres y consigo mismos.
Los orígenes se remontan a la infancia del lobezno en Canadá hacia finales del siglo XIX, con todo y parricidio involuntario y huída junto a Victor Creed, su medio hermano vuelto después enemigo acérrimo, con quien participaría en diversas guerras bajo el falso discurso del servicio a la patria como bandera. Con fugaz edición, se suceden las secuencias deslavadas de toda esta trayectoria bélica que de alguna manera parecía darle sentido a la vida del soldado capaz de sanar rápidamente de las heridas físicas e imposibilitado para curarse las emocionales.
Tras formar parte del consabido grupo de élite, integrado por mutantes un cuanto tanto desperdiciados en el film, decide abandonarlo todo al ver los métodos empleados, incluyendo a su familiar némesis Sabretooth (Liev Schreiber), quien cobra aquí una dimensión distinta a la de la primera película de la saga, en la que sólo era un gruñón de fuerza más bien bruta: no es que ahora sea un genio pero por lo menos articula algunas ideas. Iniciaría así una larga historia fratricida manipulada por el siniestro militar William Stryker (Danny Huston, llevándose la película).
El nacimiento propiamente del personaje, se retrata en la lograda secuencia en la que parece morir como Logan y resucitar como Wolverine, nombre prestado de la leyenda platicada por su novia (Lynn Collins), una maestra escolar vuelta pieza clave del desarrollo posterior de los acontecimientos. El del trío de garras retráctiles, quien primero apareció en el cómic de Hulk, es un forajido saturado de dolor interno y, lo peor, sin saber porqué lo invade: sólo lo siente pero es incapaz de procesarlo al no saber de dónde proviene, un poco como le sucedía a Jason Bourne, el hiperactivo espía abandonado a su (mala) suerte.
Al concentrarse en el protagonista, el guión pierde contexto y deja en la superficie tanto causas como personajes: no es que se pida profundidad pero sí un poco más de información que ayude a la narración. Sin embargo, conforme avanza la historia, se van superando los clichés del solitario vengador para aterrizar en un digno desenlace en la isla, ese espacio imaginario de experimentaciones siempre lejos de la luz pública. Sucede al revés que en la mayoría de las películas de este tipo: mejora al final.
Claro, hay elementos retomados de las grandes narraciones: la obvia del hombre lobo; la decapitación del mito vampírico y la recreación de Deadpool (Ryan Reynolds) de Frankenstein: un X-Men síntesis de varios pero al fin sometido a los caprichos de su creador y silenciado cruelmente. Como le sucediera a Superman, el de garras de hueso primero y adamantium después, es rescatado por un par de ancianos granjeros en cuya casa continúa la cacería por parte del perro faldero e infalible pistolero Agente Cero (Daniel Henney).
Mientras que las secuencias de acción no tienen mancha, se extraña un poco de más humor, más emotividad y menos dramatismo, y acaso mayor intensidad: se opta por renunciar a las pretensiones buscadas por El caballero de la noche (Nolan, 08) para volver a producir una típica película de cómic: maniquea, entretenida y esquemática. Hay desperdicios: los personajes que desfilan por el film como Gambito (Taylor Kitsch), Blackwing (Dominic Monaghan), Kestrel (Will.i.am) y The Blob (Kevin Durand) se quedan como meras viñetas sin alcanzar a generar algún tipo de interés.
“¿Wolverine perdió la memoria o tal vez no?” preguntó Gonzalo ya con el peinado muy venido a menos entre tanta palomita, mientras que José Pablo, el minicrítico y el pequeño Max coincidían en los comentarios de alabanza por lo que acababan de ver, colocando esta cinta por encima de cualquiera de las tres anteriores.
Por lo menos ya querrán usar esas camisetitas sin mangas moda músculo que tanto despreciaban y que ahora se volverán parte esencial de su guardarropa. Espero que no me pidan usar una de ésas ni peinarme con las alitas características: no vaya ser que ahora sí me confundan con Wolverine.
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WOLVERINE: LIDIANDO CON LA DESMEMORIA Y EL ANIMAL INTERIOR
13 Junio 2009EL CABALLERO DE LA NOCHE: DE HÉROE A VIGILANTE
19 Julio 2008La nueva saga cinematográfica de Batman ha tomado un camino más oscuro y realista que la realizada por el maestro Tim Burton. En la primera entrega (Batman inicia, 05) nos fuimos al origen del personaje con toda su carga de vengador anónimo obligado a llevar una doble vida, como suele sucederle a los héroes de tal envergadura: la misión autoimpuesta se vuelve liberadora y esclavizante por partes iguales. La imposibilidad de llevar una vida normal es causa y efecto de su propia maldición.
Christopher Nolan ha construido una trayectoria fílmica en la que los personajes han sufrido pérdidas y cargan con un sentimiento destructivo, además de verse envueltos en laberintos indescifrables: un escritor persecutorio se vuelve víctima de la persecución (Following, 98); un vendedor de seguros atrapado en la desmemoria sólo encuentra sentido en una frenética carrera vengativa (Amnesia, 00); un policía insomne padece los estragos de una culpa corrosiva (Insomnia, 02); un mago acorralado en perpetua competencia inalcanzable frente a su adversario, buscando El gran truco (06).
Batman: El caballero de la noche (EU, 08) consigue llevar al cine basado en historietas a un sitio que ninguna otra cinta del subgénero había alcanzado. Con una inusual densidad dramática y profundidad argumental, la reciente entrega del yuppie de día, justiciero de noche, entra en los pantanosos terrenos de la supuesta ausencia de grises en el comportamiento moral; en la figura del guasón se ejemplifica la banalidad del mal: no hay razones aparentes ni motivaciones claras, sólo la sociopatía de la destrucción; el caos y la anarquía como banderas de vida.
Convertido en su propia pesadilla, representada por murciélagos implacables, Batman es una cara de la moneda, complementada por el Guasón, su antagonista por antonomasia: son tan opuestos y tan parecidos, como lo simboliza un tercer personaje, acaso encarnando ambos lados: Harvey Dent es un héroe pero puede ser un monstruo, puede ser uno u otro o los dos al mismo tiempo. Este triángulo de personajes resulta ser la base para el desarrollo de una historia que sabe soltar diversos cabos e irlos amarrando de manera consistente, por más pequeños que sean.
Con el apoyo de ciertas secuencias filmadas en el formato IMAX, como la del asalto al banco por ejemplo, que le brindan a la propuesta fílmica una sensación de absorbente visualidad, y una combinación enfática de tonalidades que van del verde azulado al rojo y de ahí a cierta predominancia de negros y blancos, el filme termina siendo un espectáculo cargado de sentido. La fotografía de Wally Pfister, aprovechando los juegos de iluminación para fortalecer la dualidad de los personajes, consigue involucrarnos en los diversos contextos, empleando la profundidad de campo del búnker de Batman, retratando los laberintos al interior de los edificios e intercalando tomas panorámicas a manera de falsa calma.
El diseño de arte opta por fortalecer el realismo de la propuesta con escenografías de grandes centros urbanos y vestuarios que contrastan a la ciudadanía en general, incluyendo a los mafias de diversos grupos étnicos, con los freaks circundantes, particularmente el Guasón con todo y siniestro maquillaje descompuesto. Para provocar una experiencia fílmica total, la fluida edición sorprende por su capacidad para convertir las más de dos horas de duración en un suspiro, mientras que la banda sonora juega un papel crucial, tanto por los efectos de sonido como por la música incidental y el tensionante efecto de un teclado amenazador.
La notable interpretación de Heath Ledger, cuya muerte reciente le imprime un tono aún más perturbador, se acompaña de un sólido reparto encabezado por los eficaces Christian Bale y Aaron Eckhart, así como los siempre solventes Michael Caine, Morgan Freeman y Gary Oldman. A diferencia de la anterior entrega, el rol femenino cobra mucha importancia (acá interpretado por Maggie Gyllenhall) en un entorno saturado de testosterona en el que no se escatima la violencia gráfica y el correr de la adrenalina.
Acaso estamos frente a la mejor película que se ha realizado sobre un cómic y que se convertirá en un modelo fílmico a la hora de incorporar estos personajes normalmente tratados de manera esquemática y maniquea. No se había llegado, en este tipo de films, a inmiscuirse en la condición humana, como lo ha logrado esta nueva entrega de un héroe no querido, pero sí necesario.
Nos leemos después.
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