Como la historia imposible que retrata e igualmente forzando las casualidades al máximo, la reciente cinta de Danny Boyle, tras la notable Alerta solar (07), superó obstáculos financieros, planes para mandarla directo al mercado de video, intentos de censura, críticas de algunos sectores de la India y acres comentarios de Salman Rushdie, uno de los escritores más importantes de nuestros tiempos (mejor el desprecio que la indiferencia). Con todo, el happy end de Quisiera ser millionario (Slumdog Millionaire, RU, 08) se trasladó a la realidad con esos ocho premios Oscar que le terminó por asegurar distribución y atenciones mundiales.
Retomando la estructura base aunque modificando el contenido de la novela ¿Quién quiere ser millonario? de Vikas Swarp –ya disponible en Anagrama- y la idea previamente trabajada en su cinta Millionarios (04), el director de Trainspotting (96) se sumergió en la vida de los niños en situación de calle en la convulsa y contrastante Mumbai, para contar una historia imposible de amor y sobrevivencia en la jungla más adversa posible, poblada de explotadores inmisericordes, policías violentos, luchas religiosas, montañas de basura y mucha indiferencia.
Con permanente uso del flashback, la arquitectura de la narración se basa en la participación de un joven que sirve el té en un call center, dentro un popular programa de concurso. Su aparente ignorancia será eficazmente suplida con vivencias convertidas en experiencias que, en el colmo de las coincidencias, encuentran aplicación directa para contestar la mayoría de las preguntas: un buen ejemplo de lo que los pedagogos llaman aprendizaje significativo.
Así, arrancamos con un tono de cruda realidad viendo a estos Niños del fin del mundo (Meshkini, 01) convencidos que Las tortugas pueden volar (Ghobadi, 05); de ahí nos vamos al inicio de un romance a prueba de todo y a una juventud en medio de la aventura continua y la búsqueda de la sobrevivencia, siempre con la mira en esa niña que se quedó a la distancia mientras el tren se llevaba a los hermanos escapistas.
El reality show televisivo entre humillante y esperanzador se imbrica con el interrogatorio y tortura policíaca y los sucesos detonadores de las respuestas. Al principio nadie cree en nuestro héroe: ni el insufrible presentador, ni el policía cuestionador y acaso ni la pequeña niña. Pero la credibilidad es un asunto que se gana con acciones y quizá también con buenos argumentos y fe inquebrantable.
Con cámara oblicua que nos regala angulaciones rompecuellos, siempre desafiando la horizontalidad, y texturas deslavadas que contrastas con la brillante falsedad del show en el polo opuesto de El dilema (Redford, 94), la cinta se apoya en el desdoblamiento de microhistorias acompañadas por una música que sabe combinar tradición con beats urbanos y cierta estética tomada de Bollywood, el par indio de Hollywood.
Una película que logra llevarnos de la angustia a la euforia, de la molestia a la sonrisa franca y del suspiro romántico a una complicidad bien justificada: todo ello a pesar de su intencional matiz de inverosimilitud. Cierto, al principio uno pide esquina por la fuerza del drama; al final, se agradece la compensación. De estar sumergido en los desechos a poder abrazar a la mujer amada: eso es un romance cándido. Ahí está la coreografía final mientras pasan los créditos: toda una celebración de lo improbable.
Nos leemos después.