Posts etiquetados ‘Cine en el cine’

UNA GUERRA DE PELÍCULA O CÓMO REÍRSE DE SÍ MISMO

27 Septiembre 2008

La autocrítica siempre será bienvenida, sobre todo cuando se confecciona con humor y no tanto como un “me tiro para que me levanten”. La capacidad para no tomarse demasiado en serio y reírse de sí mismo, denota inteligencia, como aquella máxima de Groucho en la que afirmaba de manera categórica que él jamás pertenecería a un club donde lo aceptaran como socio; o cuando Kevin Spacey, en Belleza americana (Mendes, 00), le decía a su interlocutor que no se preocupara por no recordarlo, porque de cualquier manera él no se acordaría tampoco de sí mismo.
Algo así consigue Una guerra de película (Tropic Thunder, EU, 08), dirigida e interpretada por Ben Stiller (La dura realidad, 94; Dr. Cable: El desastre llama, 96; Zoolander, 01), en la que a partir de una serie de estereotipos y viñetas le da una buena repasada al mainstream hollywoodense y a varios de sus clichés, tics y perversiones, en un tono que contrasta con otras propuestas críticas como la magnífica El ejecutivo (Altman, 92) o las insondables propuestas recientes de David Lynch.
Feria de personajes: el desquiciado responsable de los efectos especiales (Danny McBride); el director teatral inglés que no sabe en la que se metió y que de todas formas es prescindible (Steve Coogan); el productor gandalla que sólo se comunica con insultos (Tom Cruise en muy buena forma, como en Magnolia) y su asistonto reducido a mico (Bill Hader); el falso héroe de guerra (Nick Nolte); el insulso representante actoral en crisis de conciencia (Matthew McConaughey) y toda la banda asiática de narcotraficantes dirigida por un niño (Brandon Soo Hoo), faltaba más, admirador improbable del propio Stiller.
Desde luego, los insufribles actores: el héroe de acción caído que ha tratado de ampliar su rango haciendo el ridículo (Ben Rambo Stiller); el que cree que puede con cualquier papel gracias a su talento, dando consejos y nunca dejando de actuar (Robert Downey Jr. de australiano a negro); el que llama más la atención por sus problemas personales y sus flatulencias que por su trabajo (Jack Black); el que está que si sale del clóset o no (Brandon T. Jackson como Alpa Chino) y el que aspira a convertirse en gigoló por el simple hecho de volverse actor (Jay Baruchel).
Las referencias a un par de grandes películas sobre la guerra de Vietnam –Apocalipsis ahora, Pelotón- muestra cómo algunos estudios sólo refritean ideas y las hacen pasar como propias, desarrollándolas de manera descontextualizada. El proceso de producción, como cabía esperar, depende de dos hilos: el carácter del bailarín productor y la rentabilidad económica del producto, ya ni siquiera concebida como obra fílmica.
No podían faltar las referencias a la entrega del Oscar y a las transformaciones de los intérpretes que creen descubrir el sentido de sus vidas. Además del irónico y humorístico trazo de los personajes con todo y las ingeniosas líneas de diálogo, la producción de la película sobre una película que nunca terminó siendo una película, acaba resultando eficaz, con los volátiles desplazamientos de cámara y una fluida edición que sigue los diferentes frentes abiertos en el desarrollo de la historia.
A diferencia de las rutinarias películas paródicas que se sustentan en burdas recreaciones sobre otros filmes, aquí estamos frente a una propuesta que lanza sus envenenados dardos hacia los sistemas de producción y comercialización que privan en varios de los estudios de Hollywood. Quizá ya lo sabíamos, pero he aquí la oportunidad de verlo en vivo y a todo color, siguiendo los mismos esquemas que se critican.

PAUL NEWMAN (1925-2008)
Lo vimos por última vez en Camino a la perdición (02) y lo escuchamos en Cars (06). De la mano de Scorsese se llevó el Oscar por su actuación en El color del dinero (87) y nos regaló una memorable interpretación en El veredicto (Lumet, 82). Se consagró con Butch Cassidy and the Sundance Kid (69) y El golpe (73), junto a Robert Redford. Alumno aventajado del Actor’s Studio, debutó en las tablas de Broadway en los cincuenta y de ahí cimentó una prolífica y contundente carrera cinematográfica.
Casado con Joanne Woodward durante 50 años –periodo inusual en la feria de vanidades holywoodense- mostró compromiso político en todo momento: su línea de productos alimenticios sirvió para causas humanitarias, en consonancia con su sólida conciencia social. La profunda mirada azul quedará plasmada no sólo en la pantalla, sino en la búsqueda de convertir este mundo en un mejor lugar para todos. Un gran actor. Un mejor hombre.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

FÁBRICA DE SUEÑOS O PRODUCTORA DE PESADILLAS

28 Agosto 2008

La fama, como buen animal traicionero, puede revertirse en cualquier momento, sobre todo cuando se busca como fin en sí mismo. La obsesión de convertirse en alguien conocido más allá del vecindario, sea como sea, provoca que se inicie un recorrido sobre una cuerda floja y veleidosa, siempre a expensas de los poderes mediáticos y de las conveniencias monetarias de quienes, usualmente desde el anonimato, la balancean según indiquen los vientos mercantilistas. Cuando el o la candidata a famosa ya no reditúa, simplemente la cuerda se quita para recibir a la próxima y efímera superestrella.

Interesantes análisis sobre la fama, la influencia de los medios masivos de comunicación, las camarillas alrededor del arte y la propia condición humana, se pueden desprender de Fábrica de sueños (Factory Girl, EU, 07), biopic puntualmente contextualizado acerca de los años neoyorquinos de la pobre niña rica aspirante a artista Edie Sedgwick, interpretada con brío y plena convicción por Sienna Miller, en los que se involucró con un abusivo-pasivo Andy Warhol (Guy Pearce) y su Factoría por una parte y, por la otra, con un famoso cantante innombrable –no se permitió que se usara el nombre de Bob Dylan- (Hayden Christensen) de pedantería inaguantable.

Dirigida por el documentalista y fotógrafo George Hickenlooper (El hombre de los placeres, 01), la cinta inicia con el recorrido frenético de una mujer extraviada para regresar con ella justo al momento de abandonar a su compañero (Shawn Hatosy) y a su escuelita de arte para irse, junto a su arribista amigo Chuck (Jimmy Fallon), al ambiente convulso de la Gran manzana a mediados de los sesenta, en donde la guerra de Vietnam sólo pasa en un canal de televisión que no hay porqué ver, teniendo la opción de Mi bella genio.

Pronto ensalzada por Warhol como fetiche actriz fílmica (Pobre niña rica, Vinilo y Caballo), por el mundo de la moda y por el cantante famoso, Edie se introduce en un laberinto de drogas y fama en el que su propia fragilidad y su dramático pasado familiar le estallan en la cara –recordado por las preguntas frente a cámara de su supuesto amigo-, destrozando los sueños de grandeza que sólo sobrevivían en el imaginario de su inadvertida inocencia, incapaz de percatarse de los riesgos implícitos que acechan en un ambiente tan selvático como el artístico.

Al igual que la caótica vida que se representa, el guión parece ir navegando sin un rumbo determinado, mientras que la apuesta visual combina texturas y formatos en función de la secuencia presentada, imprimiéndole un aliento documentalista y buscando introducirse con verosimilitud en la psique del personaje central, quien va narrándole con cierta tranquilidad diversos sucesos a una terapeuta: esta estructura de collage, si bien disminuye la intensidad del relato, permite contar con un panorama amplio de la vida de la malograda socialité, al final rechazada por todos, ella incluida.

Si bien se obvian personajes y se suponen algunos hechos no del todo comprobados, la recreación de la época y la iconografía de ambientes y personas, consiguen trasladarnos a aquellos años de efervescencia artística que nos dejó, en el ámbito del rock, a Velvet Underground con todo y la gélida Nico, sustituta de la Sedgwick en las preferencias del ambiguo patriarca del popart, además de su madre, claro.

El fenómeno de la fama devoradora lo vemos hoy más que nunca en casos sobremediatizados como el de Britney Spears o Amy Winehouse, o en los concursos orientados a crear ídolos desechables que sólo sirvan para engordar carteras y entretener a públicos babeantes, sedientos de desagracias ajenas y descensos en caída libre, mientras aparece el nuevo numerito de moda.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx