Un par de cintas en las que aparecen fantasmas ya sea para corregirle la plana al mujeriego higadito o para solicitar algún favor al dentista misógino. Se trata de la convencional Los fantasmas de mi ex (Waters, 08), retomando Un cuento de navidad de Dickens, y de Un fantasma fastidioso (Ghost Town, EU, 08) entretenida comedia romántica cortesía de David Koepp (Ventana secreta, 04; Ecos mortales, 99) mejor conocido como cotizado guionista.
En la primera se cae en un esquema demasiado predecible de la conversión poco creíble que vive un fotógrafo que no cree en el amor. A pesar del evidente acoplamiento actoral de sus protagonistas, Matthew McConaughey y Jennifer Garner, de la presencia fantasmal de Michael Douglas junto a ciertos personajes bien caricaturizados y de ciertos diálogos y frases chispeantes (“tiene más poder el que quiere menos”), el film sucumbe frente a su propia intención: como suele suceder, en lugar de seguir el camino desfachatado propuesto al inicio, nos desviamos hacia una ruta salpicada de lecciones sobadas sobre la fuerza del amor que no sostienen, al igual que los discursos antienamoramiento del insufrible galán.
En la segunda, si bien la tentación de transformación del protagónico está presente, se opta por mantenerse en una lógica más probable de desarrollo de los personajes. Ricky Gervais interpreta con su habitual sentido del humor británico a un antisocial dentista, mientras que Greg Kinnear, como el espíritu latoso y Tea Leoni como la viuda de éste, funcionan como un buen soporte actoral.
Lo curioso es que Los fantasmas de mi ex se encuentra actualmente en cartelera y Un fantasma fastidioso se fue directo al circuito de video. Así las cosas.
Publicado en el periódico a.m. el 29 de mayo del 2009

Escrita por Nicholas Meyer, responsable del discutido guión de La piel del deseo (Benton, 03), y dirigida por la sensible catalana Isabel Coixet, con todo el riesgo que implica adaptar al gran Philip Roth, La elegida (Elegy, EU, 08) retoma la novela El animal moribundo para darle vida fílmica al veterano maestro David Kepesh (Ben Kingsley), a quien conocimos en El profesor del deseo, ya en una etapa de la vida más de cierres que de aperturas, aparentemente. Pero como el amor suele ser un pozo sin fondo ni avisos previos, incluso este experto en seducción puede caer no tan redondo, pero caer al fin.
Dirigida con pulcritud y corrección política por Gus Van Sant, moviéndose entre el cine independiente –Elefante (03), Last Days (05), Paranoid Park (07)- y el mainstream -Mente indomable (97), Descubriendo a Forrester (00)- con soltura inigualable, e interpretada con la convicción acostumbrada por Sean Penn, Harvey Milk: Un hombre, una revolución, una esperanza (EU, 08) es una cuidada biopic capaz de presentarnos al personaje y sus circunstancias de manera cercana y directa, empleando tanto el flashback como el flashforward (el empleo de la prolepsis anunciando su muerte al inicio y cuando está grabando en solitario) para construir estados de ánimo y permitir la sensibilización acerca de la importancia de este hombre, animal político al fin, en cuanto a la lucha por los derechos humanos, particularmente de los homosexuales.
onaje en lo íntimo y en su accionar público, como las interpretaciones de soporte tras acertado casting, refuerzan la premisa base del film. Este retrato de Harvey Milk, hombre que gustaba de la ópera al igual que el personaje de Tom Hanks, se suma a cintas como Filadelfia (Demme, 94) y Secreto en la montaña (Lee, 06), que desde los grandes estudios abordan temáticas homosexuales, no exentas de miradas románticas sublimadas.
El pequeño gran escritor Amos Oz, participante de la guerra de los Seis Días y siempre atento al conflicto de Medio Oriente desde una perspectiva pacifista, planteó en Una pantera en el sótano (FCE, 1995), la predominancia de las relaciones personales sobre las guerras. O cómo una amistad entre aparentes antagónicos puede trastocar la lógica social imperante, en la que se debe odiar por sistema a quien se tiene enfrente.