INFIELES: ESCENAS DE UN MATRIMONIO ENTRE CRÍMENES Y PECADOS

16 Diciembre 2009 por cuecaz

Ningún secreto es que la vida matrimonial encierra grandes posibilidades para encontrar la felicidad plena; tampoco lo es que la dificultad que ello implica es del mismo tamaño que la recompensa, por lo que la tentación para buscar ese particular estado de ánimo fuera de sus dominios está constantemente a la vuelta de la casa. Engaños, mentiras, malos entendidos, confusiones, buenas intenciones mal comprendidas: entre el sexo y el amor, toda una maraña de sentimientos encontrados.
Uno buscando caminos rápidos para llegar al cielo, intentando no herir a nadie pero haciendo lo que se cree mejor para sentirse bien, aunque de por medio esté el pensamiento de construir la propia felicidad sobre la infelicidad de otros: nadie se considera tan inconsciente como para hacer tal cosa pero sí lo suficientemente hábil para darle la vuelta a la molesta sensación de culpa que se niega a desaparecer de en medio.
Basada en el libro Five Roundabouts to Heaven de John Bingham y dirigida por Ira Sachs, quien con su oscura postal familiar Forty Shades of Blue (05) ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance, Infieles (Married Life, EU, 07) es un escrupuloso e íntimo retrato justamente de la vida matrimonial ambientado en 1949, casi en el ecuador del siglo XX, cuando todavía se cuidaban las formas y la imagen social, para bien y para mal.
Una pareja madura (Chris Cooper y Patricia Clarkson, formidables) convive de manera funcional y se procura, aunque no es feliz: él busca una plenitud que parece haber encontrado en una joven viuda (Rachel McAdams), mientras que ella sostiene que las relaciones en realidad empiezan y terminan en el sexo con un pequeño aderezo de compañía y comprensión mutua. Para completar el cuadro inicial, un cínico amigo del protagónico que hace las veces de narrador (Pierce Brosnan), reflexionando sobre las vicisitudes de la pareja y, sin darse mucha cuenta, cayendo en la trama relacional.
Adquiriendo un tono hitchconiano con la suficiente habilidad para plantear un argumento que abre múltiples posibilidades, no obstante rondar un tema muchas veces abordado, la historia consigue atraparnos gracias también al verosímil trazo de los personajes, con base en un estupendo casting de la cotizada Avy Kaufman, y a la creciente tensión que se va creando en este microcosmos, cuyas alternativas van bifurcándose conforme se toma o se omite alguna decisión por parte de alguno de los involucrados.
Aparece entonces el asesinato como solución incluso para la víctima en este particular juego de pensar en cómo ser feliz con los menores daños colaterales posibles. Un casual aventón a un hombre cuya hermana acaba de fallecer; un instante de silencio que se prolongará angustiosamente; una línea telefónica descompuesta cual síntoma de lo que sucede entre los personajes y un nuevo perro que parece indicar el regreso a la acallada normalidad, apenas sustentada por mentiras o, si se quiere, verdades a medias.
La cámara recorre desde afuera o por dentro los tres hogares principales a manera de contextos vivos que reflejan el curso de los acontecimientos, puntualmente soportados por una efectiva ambientación y un tono que a partir de la propia dinámica del film da la impresión de pertenecer al Hollywood de aquellos años.
Entre Escenas de un matrimonio (Bergman, 73) y Crímenes y pecados (Allen, 89), mejor jugar caras y gestos con el humo del cigarro, la copa en mano y la sonrisa evasiva. Aquí no pasó nada.

LUNA NUEVA O CÓMO ENAMORARSE SIN MORIR EN EL INTENTO

11 Diciembre 2009 por cuecaz

Las versiones de los amantes malditos con Romeo y Julieta a la cabeza, no cesan de aparecer en el cine y la literatura. He aquí una descremada versión, para el siglo XXI, con colmillos limados, aullidos puberales y mucha abstención. Claro que si pensamos en el público a quien va dirigida esta serie –adolescentes femeninas- no podemos negarle eficacia temática y narrativa, sobre todo si de ahí las susodichas dan el salto a los textos de Shakespeare, por ejemplo, y a las auténticas películas de vampiros: sin brillantina, (des)peinados de salón, mirada felina ni prudencia a la hora de hincar el diente.
Si en la anterior entrega Catherine Hardwicke intentó capturar el espíritu adolescente del enamoramiento imposible, ahora Chris Weitz (Un gran chico, 02; La brújula dorada, 07) presenta la llegada a la mayoría de edad (en nuestro País) de la sufriente Bella Swan (Kristen Stewart, protagónica indiscutible), atrapada entre amores, monstruos y demás factores que suelen acompañar a la vida adulta: una constante cámara circular que cae en picado o rodea a la bella sin bestia apoyando las elipsis, intenta construir la atmósfera necesaria para enfatizar su estado anímico.
Luna nueva (EU, 09) es una historia de amor adolescente con fuertes dosis de fantasía que no apuesta por la originalidad, sino por la capacidad de construir un mosaico articulado a partir de grandes relatos. A la consumación imposible ahora se le añade el clásico triángulo amoroso, entre la humana que sigue convencida de pasarse al mundo de los muertos vivientes, el pálido galán dispuesto al sacrificio (Robert Pattinson) y el emergente piel roja arreglamotos con músculos visibles y secreto escondido (Taylor Lautner).
Alrededor de los galanes, sus respectivos clanes un cuanto tanto desdibujados: una pandilla de jóvenes con bermudas y torsos al aire, incluida la novia desfigurada muy contenta sirviendo panecillos (absurdo), y los ya conocidos vampiros alivianados que intentan sobrellevar su eternidad renunciando a la sangre humana, con que otra tentación aún no del todo resuelta.
Además, el papá de ella, haciendo peores chistes cada vez y un diluido líder del clan indio cuya presencia y ausencia terminan por resultar irrelevantes, al igual que los compañeros escolares y la vengativa vampira, acechando pero nunca entrando en plena acción como para justificar sus esporádicas apariciones. Otro ejemplo: el personaje de Dakota Fanning, más allá de echar miradas fulminantes y dar un par de órdenes, no queda del todo esbozado.
Justo el intento de sacrificio del novio en fuga, vía una Entrevista con el vampiro (Jordan, 94), léase el líder de la sangronsísima –en todo sentidos- y acartonada familia real (Michael Sheen, feliz en su sobreactuación), acentúa la sensación de estar viendo una cinta episódica, como sucede con la mayoría de las entregas de Harry Potter. De los bosques siniestros cercanos a Washington de pronto nos vamos a Italia sin que medie del todo un engranaje coherente.
Si bien las angustias amorosas de la joven se desarrollan con suficiente amplitud y uno alcanza a sentir cierta empatía, el resto de las posibles tramas argumentales quedan apenas esbozadas y sólo interrumpen la construcción paulatina del personaje central, en busca de atraer a su amado extraviado a través de ponerse en peligro sólo para intentar cubrir ese hueco enorme en el pecho como bien confiesa en sus correos electrónicos nunca contestados por la cuñada.
El privilegio de las secuencias de acción, particularmente las que enfrentan a las especies (a la Underworld pero sin tanta parafernalia), le resta fuerza al tono romántico buscado en cumbres borrascosas: incluso el empleo de buenas canciones para acompañar ciertos pasajes se antoja innecesario porque impide que emerja el propio espíritu de la historia.
Tampoco es que los efectos especiales ayuden de manera particular, sobre todo si nos fijamos en esos lobos que cambian caprichosamente de tamaño o en las humeantes apariciones del ahora ex novio, diciendo a la distancia lo que debe o no hacer la empedernida enamorada atrapada entre pesadillas tanto en el mundo real como en el de los sueños.
En síntesis, se trata de una de esas películas que logrará satisfacer a los fans, que no gustará a la crítica y que en un futuro quedará como un recuerdo, tan incierto como algunas de las visiones descritas en la historia, de un producto que acompañó efímeramente la educación sentimental de una generación.

BASTARDOS SIN GLORIA: LA PULPA DE LA FICCIÓN

4 Diciembre 2009 por cuecaz

En la contraparte del rigor histórico de La caída (Hirschbiegel, 04), contundente texto fílmico acerca de los últimos momentos del Tercer Reich, diversas cintas han probado la fórmula del si hubiera… entonces… proponiendo alternativas y cauces distintos a los sucesos históricos en efecto ocurridos. Desde la sátira o la crítica social, estas obras se asumen como ficción sin pretenderse hallazgos que discutan la versión oficial o lecciones de historia a la carta: he ahí la principal cualidad de la película que nos ocupa.
Quentin Tarantino es como esos grandes dribladores que encantan a la tribuna, hacen jugadas de fantasía, convierten el espectáculo masivo en arte pero -siempre hay un pero- suelen hacer una jugada de más: en lugar de dar el pase al eficaz rematador, optan por otro quiebre engolosinados ya con su propio talento y olvidando que el juego lo gana quien anota más goles, no quien juega más bonito. Ojalá siempre se pudieran las dos cosas.
Valga la analogía futbolera para sintetizar lo que sucede con Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, EU-Alemania, 09), la mejor cinta del ex niño terrible del cine norteamericano desde la negrísima Jackie Brown (97) que, sin embargo, pudo haber sido más estimable si el trabajo de edición afilara un poco más las tijeras en beneficio de la cohesión narrativa y del andamiaje de los cinco capítulos que conforman este vengativo deseo histórico.Del impecable primer capítulo, homenaje a Sergio Leone según se ha dicho, conocemos a los bastardos del título, un grupo de judíos norteamericanos matanazis y cortacabelleras, lidereados por Aldo Raine (Brad Pitt), secundado por el temible The Bear Jew (Eli Roth, cómplice del director y responsable de Hostal) y demás Perros de reserva (92) dispuestos a cumplir la cuota impuesta por su quijadón jefe. El nivel se mantiene a lo largo de toda la historia aunque siempre es un problema empezar tan alto.
Como bien apunta Manohla Dargis en su crítica del NY Times (21/08/09), Tarantino resuelve bien los capítulos pero presenta dificultades para integrarlos en un todo secuenciado. En efecto, aunque el filme nunca se siente largo ni cansado, se percibe episódico y no del todo coherente en su narrativa. Quizá a esta sensación contribuye la fallida caricaturización de diversos personajes, incluido un histérico Hitler, con todo y carcajada descompuesta, y la prolongada ausencia de algunos otros con los que se pierde contacto.
Las referencias tarantinescas empiezan y terminan en el cine, para bien y para mal: su indudable cinefilia alcanza para construir brillantes secuencias plagadas de finos detalles tomados de la historia de la cinematografía (pueden verse varias de ellas en la crítica citada, sobre todo en el uso de los nombres), pero que nunca consiguen que el espectador deje de pensar que está viendo una película, lo que no necesariamente significa que no valga la pena verse: uno no siempre va al cine a confundir su realidad con la que se desarrolla en la pantalla.
El sello de la casa está presente: diálogos que parecieran descontextualizados en tono de farsa reflexiva; violencia como recurso de primera mano para conseguir fines; elocuente soundtrack contextual; cámara con firme dinamismo y ubicada en el sitio preciso; golpes de flashback que se entrometen en el presente para dar más sustento a lo que acontece y confrontaciones en torno a una mesa que van subiendo de tono hasta alcanzar un clímax que bien puede ser esperado o no.
Por supuesto que está presente la impecable capacidad para dirigir actores, manifestada sobre todo en los casos del desconocido austriaco Christoph Waltz, quien no tiene problema para robarse la película desde el primer capítulo, disfrutando de la buena leche producida en la ocupada campiña francesa, y de Michael Fassbender, interpretando a un improbable crítico de cine vuelto espía.
La constancia del cine dentro del cine: las dos protagonistas se relacionan directamente con la pantalla, una como actriz (Diane Kruger) y la otra como propietaria (Mélanie Laurent) en cuyo establecimiento se exhibe una película de Leni Riefenstahl, la famosa directora alemana que carga con el peso de propagar el régimen nazi; además, Goebbels (Sylvester Groth) aparece como un insufrible director convirtiendo a un héroe de guerra en estrella fílmica (Daniel Brühl) y el personaje ya mencionado del crítico.
Una dictadura consumida en su propia grandilocuencia fílmica con nitrato inflamable. Lástima: esta película no se basa en hechos reales, sólo es Pulp Fiction (94).

SECTOR 9: ANALOGÍA SEGREGATIVA

28 Noviembre 2009 por cuecaz

Los procesos migratorios y los consecuentes acomodos sociales con la llegada de grupos raciales y sociales distintos están siendo uno de los factores definitorios del siglo XXI; de la capacidad que tengamos como especie para aprender a convivir en circunstancias nuevas, problemáticas las más de las veces, depende en buena medida nuestro futuro. Cuando la tolerancia deje de ser una palabra hueca y las diferencias nos reconcilien con la maravilla de la diversidad, habremos dado un decisivo paso hacia la consolidación de la humanidad como concepto rector de nuestro diario peregrinar.
Escrita junto a Terri Tatchell y dirigida por el debutante sudafricano Neill Blomkamp, bien arropado por Peter Jackson quien pareciera verse en el espejo hace veinticinco años, Sector 9 (District 9, Nueva Zelanda-EU, 09) se despliega como un filme configurado a partir de un cruce de géneros: del falso documental, en forma de seguimiento televisivo con su característico sello amarillista, al cine político para entroncar con la propuesta de acción con todo y héroe caído pero nunca derrotado, con la flor del romanticismo en mano hasta el final.
Una nave espacial se ha posado en el cielo terrestre como una ciudad flotante muerta. Al entrar a ella, los humanos descubren a una serie de criaturas parecidas a crustáceos humanoides que pronto son ubicados en una colonia hasta que, veinte años después y tras las protestas sociales, se instrumenta un plan para reubicarlos aún más lejos. El responsable, un burócrata de buenas intenciones felizmente casado (Sharito Copley) y cuyo siniestro suegro es el jefe, se convertirá en el protagonista de una aventura que, como dice uno de los entrevistados, nadie vio venir.
El tono satírico se desprende desde el inicio, cuando se aclara que ahora los extraterrestres no llegaron a ninguna ciudad de Estados Unidos a diferencia de lo que siempre ocurre en este tipo de películas. Y ahí está, claramente, la analogía: no es casualidad que la película se desarrolle en Johannesburgo y que varios de los testimonios iniciales en contra de los langostinos –nombre despectivo que se les daba a los extraterrestres- provengan de gente de raza negra. Letreros discriminatorios y menosprecios continuos: un buen caldo para la violencia.
La lógica de las armas que aún permea las relaciones internacionales se refleja de manera precisa, así como el papel que juegan potencias mundiales y organismos multilaterales frente a conflictos en apariencia caseros. Un gobierno cuyo límite es la presión de afuera –pura imagen- pero que no se detiene para experimentar de manera clandestina o hacer lo que sea necesario para perpetuar su control, confiando más en su brazo militar que en el político, ciertamente convertido en peligrosa tenaza, literalmente.
Dentro del mencionado Distrito, la organización social está bien establecida, con las acostumbradas injusticias del caso: un grupo de mercenarios lidereados por un loco en busca de poder inconmensurable vía brujería, controla a la población, en este caso los langostinos, por medio del abasto de comida para gato, una especie de droga para los llegados del espacio veinte años atrás. Las fuerzas externas dejan que el estatus quo se mantenga, siempre y cuando no den problemas más allá del campo de refugio.
Pero lo que menos se puede tolerar es el mestizaje: ante quien parece totalmente diferente, qué importa exterminarlo, no hay culpa alguna en las mentes obtusas; pero quien tiene una parte de tu propia especie, puede generar sentimientos encontrados: es un traidor, una nueva posibilidad de convivencia o, por supuesto, el arma que todos estaban esperando, al más puro estilo Iron Man (Favreau, 08) sin contar con un paternal e inteligente Enemigo mío (Petersen, 85) que podría salir al quite para evitar un Infierno en el Pacífico (Boorman, 68) justo en Tierra de nadie (Tanovic, 01).
Cámara inquieta e inquietante que aprovecha la propia estructura narrativa para combinar tomas panorámicas con intromisiones a las vísceras de la colonia, sin escatimar en la presentación de fluidos de todo tipo, carnes destazadas y cuerpos que estallan con estética de videojuego y hasta del cine de serie B, le da frenética forma a este futurista aviso de cómo se pueden presentar las condiciones en los países desarrollados.
Letreros cual reportaje de pandemia van acompañando las secuencias editadas en forma enérgica, cambiando el punto de vista y la perspectiva de quién cuenta y qué se cuenta para, como suele suceder, ocultar la verdad en beneficio de la población, no vaya ser que no pueda con ella.

LOS FANTASMAS DE SCROOGE: DIGITALISMO SOBRENATURAL

16 Noviembre 2009 por cuecaz

Si uno no es capaz de ver más allá de su nariz, por más prominente que ésta sea, ahí están los fantasmas para abrirnos los ojos: un pasado que se ha olvidado y que, después de todo, era prometedor con todo y la mujer de sus sueños; un presente que se ignora por completo y con el que se está en perpetua guerra, y un futuro que, en consecuencia, aparece aterrador.
Del maniqueo, si se quiere, pero sin duda seminal escrito de Charles Dickens, han llovido versiones que lo han adaptado de manera directa o utilizan su fórmula para referirla a otras realidades, como el caso reciente de la fallida Los fantasmas de mi Ex (Waters, 09). La transformación personal puede, en efecto, darse de dos formas: a partir de una experiencia de fuerte impacto que implica una completa ruptura o, las más de las veces, a través de un largo proceso de auto convencimiento basado en la humildad y la capacidad para poner en marcha el cambio.
Basada con fidelidad en A Christmas Carol y dirigida por Robert Zemeckis, aún atrapado en un digitalismo obsesivo (Expreso Polar, 04; Beowulf, 07), Los fantasmas de Scrooge (EU, 09) es un clásico ejemplo de cómo la forma le ganó al fondo: llega un momento en el que uno está tan embebido en la apuesta visual que lo que suceda con el viejo misógino y personajes que lo rodean, pasa a un segundo término. Las emociones generadas están más cerca del susto que de la reconversión de un tipo que parecía irse a la tumba despreciando a todos.
La animación funciona mucho mejor en las escenografías y en los vuelcos sobrenaturales que en el trazo de los personajes, a quienes se les resta cierta gestualidad. Impresionante el inicio con esa cámara recorriendo la ciudad y contrastando la felicidad navideña con la amargura del personaje central retirando las monedas del cadáver de su socio; después, con una eficaz elipsis, nos vamos siete años después, en la misma época del año, justo cuando la dura lección va a comenzar.
Aquí es donde empieza el efectismo: las imágenes de los fantasmas y las tormentas que provocan no tienen desperdicio. Los niños pequeños y no tanto –uno también da sus saltos en el asiento- seguramente se impresionarán con estas secuencias, particularmente con el fantasma del susodicho socio y del que corresponde al futuro, en forma de sombra acechante y omnipresente que no le da respiro al maltrecho avaro, ya a estas alturas del curso intensivo acerca de cómo transformarse en una noche, bastante ablandado.
Con la presencia –es un decir- de Jim Carrey, Gary Oldman, Colin Firth, Robin Wright Penn, Bob Hoskins, Fay Masterson y Fionnula Flanagan, entre otros, la cuota vocal estaba asegurada: se trata de un elenco con la capacidad suficiente para encarnar –es otro decir- a los famosos personajes de la novela; el doblaje en español también cumple con las exigencias dramáticas de la historia. No obstante, la actuación, dado el formato, se limita a la vocalización aunque reconozcamos algunos de estos rostros.
La banda sonora, aprovechando también las más recientes innovaciones en el campo, redondea esta experiencia sensorial –sobre todo en 3D- tanto con los efectos como con la música de Alan Silvestri, que sin duda hubiera sido más completa si los personajes y desarrollo argumental fueran desarrollados con más alma y en forma más cercana con el espectador, sin descuidar el contexto en el que se desarrolla el relato, apenas esbozado en el prometedor arranque.